Tenía miedo y estaba sola. Al menos así recuerdo las horas que pasé atrapada en aquella habitación. Son recuerdos borrosos con respiraciones agitadas. Habían fumigado una pieza y yo, con muy pocos años, me quedé encerrada en ella. El aire se apagó hasta perder la consciencia. Una vez rescatada, porque en el imaginario de mi mamá “estaba casi muerta”, y tras transitar carruseles hospitalarios, mi papá me pidió prometerle que, nunca más, iba a esconderme a jugar sola en un espacio alejado. Lo hice y, muy a pesar de las travesuras infantiles y de otras promesas incumplidas, esa sí la cumplí.
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Mi papá parecía mi abuelo. Murió cuando tenía 83 años y yo 24 recién cumplidos. Desde que era niña pensé que en cualquier momento se moría y fueron las pequeñas promesas, como esa que nos hicimos ese día que quería vestirse de muerte, las que nos dieron confianza en el presente y nos permitieron construir un futuro que, aunque corto, fue el nuestro. Las promesas nos dieron confianza, tiempo y vida lejos de los abismos.
Las promesas importan porque, cada vez que hacemos una, le ponemos alas a la esperanza, creamos un futuro probable y deseado. La filósofa catalana Marina Garcés, en su libro El tiempo de las promesas, nos dice:
“Hacer una promesa y mantenerla implica continuar queriendo lo que una vez se quiso. Pone en relación, por lo menos, tres elementos: una voluntad que se percibe a sí misma como libre, una memoria de esta voluntad como propia y un futuro que se considera disponible”.
Prometer, decir una cosa antes de hacerla, nos aproxima a nuevos inicios, a posibles comienzos. Tal vez por eso, todavía somos capaces de prometernos cosas, así sea en un pacto sagrado con nosotros mismos, el 31 de diciembre.
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¿Por qué no prometemos más? Crecí en un mundo de pocas responsabilidades afectivas con parejas a las cuales les encantaba decir: “No te puedo prometer nada”. En escenarios laborales donde uno de los mandatos favoritos es: “No se comprometa”. Y frente a burocracias administrativas que, ante la incompetencia, nos han hecho conformarnos con un: “Voy a ver cómo le ayudo, pero no le puedo prometer nada”. Tal vez la promesa sobreviva por la amistad, esa homicida del amor que todavía es capaz de imaginar y desear que una o más personas pueden tenerse para siempre.
Prometamos más. En un mundo donde el presente es incierto y tal vez la única certeza que tenemos es que todo tiende a cambiar, las promesas pueden arraigarnos a la idea de esos días que están por llegar. Según las tendencias analizadas en estos principios de año por expertos futurólogos del marketing, la tecnología y la comunicación, la fatiga colectiva, el agotamiento y la no esperanza en el futuro, están reproduciendo una incertidumbre estructural sin sentido ni significado. Las promesas, entonces, pueden esconder el poder de conectarnos entre nosotros, de alejarnos del cinismo y de la individualidad de nuestros días.
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Más adelante tendremos que ocuparnos de las expectativas que, muy alejadas de la esperanza y de las promesas, nos hacemos a veces y que son proporcionales a las desilusiones. Mientras tanto, prometamos con libertad, imaginemos futuros mejores donde existe algo que hemos prometido.
Busquemos un futuro común aún frente a pasados inconclusos. Las promesas pueden ayudarnos a recuperar el ayer. De nuevo, recordando a Marina Garcés, “hacer una promesa es interrumpir el destino”. Hagamos magia.
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