Mucho se nos ha dicho sobre esa fuerza mítica llamada voz propia. Parece ser un misterio si nace de la experiencia, si la encontramos de tropezón o si la copiamos de cosas que hemos visto hacer cientos de veces. Seguro incluye las tres. Lo que sí resulta cierto es que esa voz, en gran parte producto de la propia imaginación, construye el relato de lo que somos y el cómo nos relacionamos con el mundo. Más cierto aún es que esa voz, a la que también podríamos llamar voces, está en crisis, en vía de extinción.
Vivimos días donde le exigimos a las marcas, por ejemplo a las empresas, ser cada vez más auténticas, expresar sus valores y propósitos con originalidad, ser vulnerables y coherentes. Sin embargo, son estos mismos tiempos los que demandan personas fotocopiadas, semejantes en sí mismas, que no nos resulten incómodas, que sean producidas en masa y que, de ser posible, piensen lo mismo que nosotros… Y, por demás, que nunca se equivoquen.
Es en ese camino, en el esquivar al hombre masa – como lo llamó en 1980 Günther Anders – que aparecemos las incómodas, personas incapaces de conformarse con formas de ser nacidas de un molde, subversivas y a veces hasta terroristas de las doctrinas impuestas, a veces incoherentes y con un alto riesgo de ser susceptibles al cambio de opinión. Tenemos esa antigua costumbre de escuchar y dejar que la mente piense, se persuada y reconsidere.
Soy “la incómoda” de muchos escenarios, desde los más teatrales y dramáticos hasta aquellos donde presumo de seriedad o simpatía. Con los amigos y con los enemigos. De cuenta de esa incomodidad que emano he recibido besos y bofetones, como diría Sabina. También algunos calificativos que ya podrían ser parte de la marca personal: “Vehemente”, es el que más escucho. También “fuerte, determinada y demasiado honesta y argumentada”. ¿Desde cuándo eso es malo?, me pregunto cada vez que recibo una retroalimentación. La respuesta de turno siempre son las formas… Las formas, me repito.
Sin embargo, con el paso de los años, abrazo más esa incomodidad. Hace parte de mi relato, me ha habitado la imprudencia desde que comencé a hablar, es de alguna forma, mi camino y mi lucha para no entregarme a la idea de un “yo mínimo”, aunque a veces las presiones sociales y laborales me hagan habitar esa figura diminuta.
A pocos meses de cumplir 40 años, celebro a las incómodas, es más, las admiro y hasta las persigo. Si en un grupo hay muchas personas populares y con ganas de caer bien, por alguna extraña razón siempre termino simpatizando con “el grupo de las raras”, las que se salen del molde, las que quieren estar solas, las que no son “tan bonitas”. A meses de cumplir 40 años, como diría un compañero de trabajo, ya no tengo defectos ni cualidades, sino características y una de ellas es la no complacencia, la incomodidad.
¡Qué vivan las incómodas! ¡Qué vivamos! Tal vez, en un extraño golpe de suerte, podamos entenderlas como personas cada vez más humanas. Mido 1 metro y 55 centímetros y alguna vez, en una de esas extrañas retroalimentaciones, alguien me dijo: “Tu problema es que eres muy pequeña para tener una voz tan fuerte” … Seamos personas pequeñas, diminutas, destellos de estrellas que se reflejan en la tierra para borrar todo tipo de convenciones. La rebeldía de la voz propia.





