“Hoy vengo hablar de la muerte”

Juanita Gómez reflexiona sobre la muerte y la manera cómo las personas suelen afrontarla. En sus palabras, este debe ser un camino que no parta desde la culpa, ¿por qué?
Por: Opinión
9 diciembre, 2025
Juanita Gomez
Por: Juanita Gómez Peláez. Psicóloga clínica. Apasionada por el autoconocimiento, el bienestar emocional, la salud mental y el mindfulness. IG: @psicologa.juanitagomez

Se murió un ser que amo y estas últimas semanas he sentido una tristeza que no conocía. Ha sido un dolor profundo, desgarrador. Y, en medio de ese dolor, he podido observar y reflexionar sobre la manera cómo vivimos la tristeza y el duelo cuando la muerte toca la puerta. Hoy, quiero escribir sobre la muerte porque creo que necesitamos hablar más de ella como lo que es: parte natural de la vida.

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La muerte es eso inevitable que preferimos imaginar lejos, pero que tarde o temprano llega. No importa cuánto la neguemos, cuánto miedo nos dé nombrarla: negar la realidad no cambia la realidad. En cambio, aceptarla —aunque duela— sí disminuye el sufrimiento.

La mayoría de las personas se relacionan con la muerte desde la negación o el terror. Y así, cuando finalmente llega, el dolor es muchísimo más difícil de sostener. Si creemos que la muerte es un castigo, una injusticia, un error del universo, entonces inevitablemente se activa un discurso interno que nos envuelve con rabia y culpa:

¿Por qué a mí?, ¿qué hice para merecer esto si yo soy una buena persona?, ¿por qué justamente a este ser?, ¿qué tiene el universo en mi contra?, ¿esto no debería haber pasado?

Aparece la necesidad de buscar culpables, causas morales, errores imaginarios. Es una lucha contra algo que no está luchando con nosotros; es una batalla que está perdida incluso antes de empezar.

La muerte es parte de la vida, punto. Llega porque tiene que llegar, no porque alguien se la merezca ni como castigo o venganza. Y, claramente: nos llega a todos. No solo a los que -o porque- hicimos “algo mal”. Nos tomamos la muerte personal y no hay nada menos personal que la muerte. La muerte no es “la vida contra nosotros”, es la vida misma.  Y la vida es como es, no como creemos que “debería” ser, nuestras preferencias no son leyes universales.

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Todos tenemos deseos, creencias y preferencias, y la vida no puede complacernos permanentemente a todos.  La vida no opera desde la lógica del “merecimiento” o la justicia.  Tiene su propia lógica y esta no es racional, a veces la entendemos y a veces no. 

Para hablar de la muerte es necesario hablar de la impermanencia —naturaleza transitoria de todas las cosas— como condición inherente a la vida misma. Nada permanece igual, lo único constante es el cambio. Tendemos a aferrarnos a aquello que amamos, a intentar controlarlo para conservarlo intacto. Pero la vida es como las estaciones: por más que amemos la primavera, llega el otoño; por más que disfrutemos la luz del día, llega la noche.  Por más que queramos retener el aire unos segundos más… eventualmente hay que soltar y dejarlo fluir. La vida terrenal es un ciclo y como todo ciclo tiene su inicio y su fin. Y el fin llega cuando tiene que llegar, no tenemos la posibilidad de decirla a la muerte “espérate otro ratico que no he terminado aquí”.

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Entender esto —y aceptarlo— cambia nuestra manera de vivir. Cuando aceptamos la muerte como parte de la vida, descansamos de esa pelea interna con el universo, de ese argumento silencioso de que la vida debería operar según nuestros deseos, podemos caminar más ligeros. Y, cuando el dolor aparece —que tarde o temprano aparece— lo atravesamos con menos culpa y con menos ansiedad, sin necesidad de buscar explicaciones que no existen.

Ahora, aceptar la muerte no hace que no duela. Duele y mucho. Pero es un dolor tranquilo, un dolor sin resistencia. Un dolor que puedo acompañar con paciencia, amabilidad y cuidado. Un dolor que no necesita ser analizado, ni corregido ni acelerado. Solo necesita ser sentido. Y puedo sentirlo con la tranquilidad de que como todo en esta vida: no será para siempre. Puedo sentirlo sin meterle tanta mente; dejando que pase por el cuerpo, que me atraviese el alma; y que, así como todo —una vez cumpla su función— se vaya o se transforme en algo más.

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