En mi consulta diaria escucho, cada vez con más frecuencia, la inconformidad de los pacientes frente al rumbo que ha tomado la atención médica en los últimos años. Una queja se repite con insistencia:
“El médico ni me miró; es más, ni la presión me tomó. Solo me dio la fórmula y los exámenes, y me mandó a reclamarlos en la taquilla de atención”.
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Y sí, esta percepción refleja una realidad preocupante. Aunque no todos los profesionales actuamos así, la palabra humanización —tan utilizada hoy por las entidades de salud— parece quedarse solo en los valores institucionales, sin traducirse plenamente en la práctica cotidiana. Esto me lleva a preguntarme si realmente estamos honrando su significado o si, por el contrario, nos estamos alejando cada vez más de él.
Hace poco, en un congreso médico al que asistí —integrado en su mayoría por cardiólogos— escuché comentarios que me impactaron profundamente: algunos afirmaban que ya no era necesario tocar al paciente durante la consulta. Es decir, omitir procedimientos básicos como tomar la presión arterial, revisar la frecuencia cardiaca, escuchar corazón y pulmones o realizar la exploración abdominal. Todo aquello que aprendimos en nuestra formación y que constituye la esencia misma del examen físico y de la semiología clínica.
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Esta conversación me llevó a cuestionarme hacia dónde se dirige la práctica médica del futuro. Es cierto que hoy contamos con tecnologías avanzadas, capaces de ofrecer diagnósticos cada vez más precisos y con márgenes de error muy bajos. Sin embargo, considero —desde mi perspectiva personal— que examinar al paciente sigue siendo fundamental. No solo porque fortalece la relación médico–paciente y genera un vínculo de confianza, sino porque el contacto humano continúa siendo un potente generador de hormonas como la oxitocina, relacionadas con procesos bioquímicos esenciales y activadas cuando existe una conexión emocional auténtica.
Además, en Colombia las historias clínicas exigen el registro obligatorio de signos vitales. Consignar información falsa en este documento legal constituye una falta grave que puede acarrear sanciones, incluida la suspensión de la licencia médica hasta por diez años.
Es decir, examinar no es solo un deber ético y humano: también es un deber legal.
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Por eso, mi invitación para quienes acuden a una consulta médica es clara: exijan su derecho a una revisión completa, respetuosa y profesional. La tecnología avanza, sí, pero el toque humano —ese que construye confianza, alivia y acompaña— nunca debería desaparecer de la medicina. Esa es, y debe seguir siendo, la verdadera humanización.





