Todo el que habla, canta; decía Jose María Bravo Márquez, compositor y director musical de Medellín, de principios del siglo pasado. Al lado de una pedagoga y violinista alemana, Anne Marie Stober, fundó, en 1932, lo que se llamaría posteriormente el Orfeón Antioqueño, que fue primero un pequeño coro y luego varios, más de 40, conformados por estudiantes universitarios, oficinistas, obreros, hombres y hasta mujeres que hicieron realidad la frase: “Todo el que habla canta”, en una Medellín industrial, mojigata, machista y clasista; pero, interesada en fomentar también las bellas artes. Me imagino que preparaban repertorios muy conservadores, como todo en ese momento, que era tan uniforme y convencional. No como ahora que en el arte se permiten tantas licencias, tantas colaboraciones mutuas, lo cual no solo es un guiño de mercadeo sino una expresión sincera de que el que crea puede hacerlo en varias líneas.
Celebro que en Medellín, por estos días, están pasando tantas cosas. Como en importantes capitales, la agenda no da a basto para estar presente en tanta actividad. Escribo esta columna a mediados de septiembre en medio de la rimbombante Fiesta del Libro, que también alberga una variada programación de la mayor parte de los conciertos del Festival de Jazz. Las salas de teatro presentan desde Samuel Beckett hasta adaptaciones de George Orwell. Se realiza el Titirifestival, de Manicomio de Muñecos, con presencia de grupos de México y Argentina. David Manzur acaba de donar una escultura a la Universidad de Antioquia y varias galerías exponen sus obras.
Y, también, acabó de celebrarse el Festival Coral Internacional de Medellín, que precisamente lleva el nombre de José María Bravo Márquez. Coros de Chile, Polonia, Uruguay, México y Colombia se presentaron sin costo en iglesias y otros escenarios de la ciudad con buena asistencia. Es uno de mis festivales favoritos y me alegro sinceramente cada vez que veo anunciada la programación. Este año vi presentaciones maravillosas, como la del Coro de Cámara de Copiapó en Chile, especialmente la que hizo en la capilla del Museo Cementerio San Pedro a las 7:00 p.m., con una solista soprano que no tenía que hacer ningún esfuerzo para amplificar su magnífica voz. También destacó el coro de Coro de Cámara del Departamento de Música de la Universidad de Guadalajara en México, y entre los que vi de la ciudad, a Voces oscuras, un coro masculino, el de cámara de la Universidad de Medellín y los jóvenes de Juventus de Fundación Sirenaica, y por supuesto, el anfitrión, Ensamble vocal, que incluyó en su presentación temas tan poco convencionales como el vallenato Obsesión y Like a prayer de Madonna.
Invité a mi sobrina y no se animó mucho. Cuando después vi con ella algunos videos que hice, los catalogó rápidamente como ópera aunque luego de escuchar otros, fue más abierta. Lo mismo sucedió con mi papá, qué, antes de mostrarle el video del cierre del Festival, me dijo, “nunca fui muy amigo de la música coral” y yo le dije “porque no has escuchado lo que están montando ahora”. Y con interés se dejó sorprender por estas obras que he mencionado y notar cómo ahora se mueven, aplauden y hasta bailan, muy diferente a lo que él conocía de antes.
A mí, sinceramente, ver el poder del ser humano, que con su voz, sumada a otras, pueden hacer lo que escuché, me saca lágrimas. Mi esposo dice que lo mejor que hace el ser humano con otros es la música y, este festival definitivamente, es prueba de que, sin necesidad ni siquiera de instrumentos, podamos tener tal espectáculo. Gracias por esta oportunidad, Jorge Hernán Arango y equipo.
PSD: Pueden ver en el canal de Youtube del Festival Coral de Medellín José María Bravo Márquez, el video de la clausura. Vale toda la pena.





