Bailar

Por: Opinión
13 abril, 2025
Analucía Isaza Molina
Por: Analucía Isaza Molina. Siempre he querido contar historias, escribir, crear. Ahora sigo con ese impulso por escribir apoyada en el yoga, el arte y el juego, con la ilusión de promover bienestar de niños en un proyecto que me entusiasma: @currucutubuhito.

Jojo Betzler: ¿Qué es lo primero que harás cuando estés libre?

Elsa: Bailar.

De la película Jojo Rabbit (2019), Taika Waititi.

Una de mis mejores amigas me compartió hace unos días un video en el que se veía a una pareja hablando seriamente en el interior de un carro. De un momento a otro, en la parte del solo de Timbalero de El Gran Combo de Puerto Rico, ella, inevitablemente, comienza a mover sus hombros. Mi amiga había agregado: “Así soy yo”, y yo confirmé que también con un “x2”, porque desde chiquita bailo hasta los comerciales. Y, esta amiga, fue mi primera compañera de baile. Bailábamos juntas los discos de nuestro artista favorito y soñábamos con que éramos sus bailarinas. Era nuestra conexión, entre nosotras y con nosotras. 

También bailaba la música que escuchaban mis papás, quienes tuvieron la fortuna de tener nuestro apartamento al lado de un club, en una calurosa ciudad de Venezuela donde vivimos, a principios de los 80. Gracias a ese club, disfrutaron de orquestas emblemáticas como La Billos Caracas Boy’s y Los Melódicos. Tuve la fortuna de que esa fuera la música que ellos oían y disfrutaban. Luego, recuerdo las fiestas para despedir el año viejo en una finca de la familia en la que se reunían todos los hermanos de mi papá, hombres en su mayoría que bailaban hasta el amanecer los éxitos del momento, que eran los de Rodolfo Aicardi, los merengues de Wilfrido Vargas y, por supuesto, los porros y cumbias con los que habían aprendido a bailar ellos con sus tías, que también participaban en la fiesta. Con ellos aprendí. 

Mis papás, periódicamente, siguieron oyendo música en sus reuniones, en las que pasaban de manera obligatoria no solo por El camino de la vida, sino también por algunos tangos, música charchalera argentina y la big band de Glen Miller, con la que se trasladaban, a las fiestas a las que asistieron en el Club Campestre. 

Recuerdo con especial cariño algunas “almas gemelas danzísticas” que he encontrado en una que otra fiesta empresarial. Unos verdaderos oasis para esos momentos de “obligatorio cumplimiento”. Y es que encontrar con quién bailar en pareja no es tan fácil porque, por alguna razón, siempre he compartido mi vida amorosa con el que pone la música, porque le encanta pero no disfruta bailar. Pero, parece que no estoy sola, porque justo la semana pasada una de mis compañeras de clase de baile, en medio de la rumba de como 40 mujeres mayores que yo, dijo algo decepcionada: “¿Por qué me casé con alguien que no baila?”.

Mi esposo pone salsa solo por el gusto de escucharla pero tampoco baila; aunque, debo reconocer que en el único lugar en el que él se anima y baila casi toda la noche es en La Pascasia y el milagro lo hacen sus grupos de planta: La Orquesta La Pascasia y El son de la Nubia. 

El lugar esas noches son para el baile. De hecho, casi no hay sillas ni mesas. Hay una pista al centro. El sonido es de buena calidad. Hay ventiladores gigantes y ganas. Muchas ganas porque los que van allá saben que van a escuchar a varios de los mejores músicos de la ciudad interpretando repertorios cuidadosamente seleccionados que se presentan por temáticas para conocedores que cantan y bailan sin descanso. 

Los conciertos comienzan puntuales y duran más o menos dos horas. Ahora están en un edificio en Bomboná, antes de llegar a las torres. No hay consumo mínimo y hay dos parqueaderos 24 horas justo pasando la calle. 

Y si bailar en alguna plazoleta de un centro comercial con un parlantico es tan satisfactorio, imagínense lo que se logra cuando es un repertorio interpretado en vivo por casi 20 músicos que han ensayado una y otra vez y que disfrutan lo que hacen, como en el caso de la Orquesta La Pascasia. Muy, muy recomendado.

Bailar es sanador. Mueve esas articulaciones de la cadera y hombros que son los que se van pegando por el miedo y la necesidad de control. Nos permite ser, sentir. Como dicen en la película Jojo Rabit:

  • Rosie: El Reich está muriendo, vamos a perder la guerra, y entonces, ¿qué vas a hacer? La vida es un regalo. Debemos celebrarlo. Tenemos que bailar para mostrarle a Dios que estamos agradecidos de estar vivos.
  • Jojo Betzler: Bueno, no voy a bailar. El baile es para la gente que no tiene trabajo.

Rosie: El baile es para la gente que es libre. Es un escape de todo esto.

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