Silencio, por favor: estamos dejando de pensar

Vivimos en una época en la que el ruido ya no entra por los oídos, sino por los dedos. Es un zumbido constante, invisible, que nos persigue a donde vamos: notificaciones, correos, grupos de WhatsApp, noticias urgentes que no cambian nada, reels que juran enseñarnos todo en 30 segundos. Lo llaman “era digital”, pero para muchos se está volviendo la era del ruido constante.

Yo también caí.

Hace unos años, revisaba el celular más de 100 veces al día sin darme cuenta. Justificaba mi adicción con la excusa de que era “trabajo”, “estar conectado”, “ser productivo”. Pero, la verdad, estaba perdiendo algo valiosísimo: mi atención profunda, esa que necesitas para tener ideas grandes, tomar decisiones sabias o simplemente sentarte a mirar el techo sin culpa.

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Nos vendieron la hiperconexión como libertad, pero muchas veces se siente como una prisión con WiFi.

Y no es exageración. Un estudio de Microsoft reveló que el promedio de atención humana se redujo a 8 segundos —un segundo menos que el de un pez dorado—. Otro estudio del Journal of Behavioral Addictions señala que el uso excesivo de redes está relacionado con ansiedad, insomnio y baja autoestima. No es solo ruido digital: es contaminación mental.

Entonces, ¿cómo bajamos el volumen? ¿Cómo silenciamos el algoritmo para volver a escucharnos?

  1. Reclama tu atención como si fuera oro (porque lo es): tu atención es el recurso más valioso que tienes. Las plataformas no quieren tu tiempo, quieren tu foco, ese que podrías usar para crear, amar, escribir o construir algo real. Protégelo como protegerías a un hijo en medio de una multitud.
  2. Elimina, no organices: No necesitas otra app para “gestionar el caos”. Necesitas menos cosas. Menos grupos, menos newsletters, menos gente gritándote ofertas que no pediste. La limpieza digital empieza borrando, no acomodando.
  3. Agenda tu desconexión como si fuera una cita importante (porque lo es): ¿Te imaginás una reunión contigo mismo? Agenda una hora sin pantallas. Camina, lee, escribe a mano, respira. Si al principio te sientes incómodo, vas bien: estás rompiendo una adicción silenciosa.
  4. Elige la profundidad sobre la velocidad: Vivimos corriendo tras el “scroll infinito”, pero la profundidad no se encuentra ahí. Se encuentra en una buena conversación, en un libro leído sin prisa, en un proyecto hecho con alma. Desacelerar no es rendirse, es resistir.
  5. Educa tu algoritmo con intención: Sí, el algoritmo aprende de vos. Si todo lo que ves son bailes, quejas o chismes… adivina qué va a mostrarte más. Pero, si empiezas a buscar arte, ciencia, ideas, emprendimiento… el algoritmo, como un perro entrenado, te sigue.

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No se trata de odiar la tecnología. Yo vivo de ella. Se trata de recordar quién manda a quién. Porque cuando todo el mundo grita, el verdadero poder está en quién sabe guardar silencio. Y cuando todos corren tras lo inmediato, el verdadero avance está en quien se atreve a pausar. Reducir el ruido digital no es un lujo. Es un acto de rebeldía moderna. Una forma de decirle al mundo:

“Yo sigo aquí, pensando por mí mismo.”

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