Intolerancia que cobra vidas

La estridencia de la música en nuestros barrios se ha convertido en un grave problema de convivencia. Un asunto que hay que tomar en serio.

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Otra vez el absurdo: un hombre de 48 años, Gilberto Alzate García, fue asesinado al amanecer del 12 de mayo pasado, en el barrio Santa Cruz, por reclamarles a sus vecinos que bajaran el alto volumen de la música.

Eran las 5 de la mañana, y muy probablemente a los habitantes del barrio les había tocado aguantar toda una noche de estridencias. Seguramente no habían podido dormir, porque sus jóvenes vecinos -que ya fueron capturados- amanecieron emparrandados, y el reclamo justo de don Gilberto, que era conductor de tractocamión, fue respondido con violencia.

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Desafortunadamente, no es una historia aislada. El ruido se ha convertido en un problema de convivencia en las ciudades. Lo dice la OMS, que lo considera como una “amenaza grave para la salud humana, en tanto genera estrés, perturba el sueño e incluso causa enfermedades cardiovasculares”. En Colombia, ya lo hemos visto, genera problemas de intolerancia que, en muchas circunstancias, terminan en trágicos desenlaces.

La música “a todo taco”, proveniente de vecinos que no entienden los límites entre sus derechos y los deberes de los otros, va en contra de la ética de los bienes comunes: respetar el espacio que compartimos los seres humanos, como un derecho que tenemos todos a un ambiente sano y tranquilo.

“UNA TAREA EN LA QUE LAS AUTORIDADES LOCALES Y NACIONALES DEBEN INVERTIR RECURSOS, INTELIGENCIA Y ESFUERZO”.

Por tanto, es un tema que debe abordarse desde diferentes ángulos, con una mirada integral. Los problemas relacionados con la convivencia requieren medidas restrictivas, comunicación clara y eficaz, y estrategias de cultura ciudadana.

Por un lado, están las leyes: en el Congreso de la República cursa aún el proyecto de Ley contra el Ruido, presentado por el representante a la Cámara Daniel Carvalho, que busca que haya claridad normativa y administrativa, ya que en Colombia las normas que regulan este problema están dispersas, y no están definidas las responsabilidades institucionales.

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Y, por otro lado, está el cambio cultural, una tarea en la que las autoridades locales y nacionales deben invertir recursos, inteligencia y esfuerzo. En una entrevista realizada por el periódico El Colombiano al nuevo Secretario de Cultura de Medellín, Santiago Silva, el funcionario se comprometió a retomar en la ciudad las campañas de cultura ciudadana, un tema en el que él es un reconocido experto. Según sus palabras, se trata de aprender nuevamente a vivir juntos: “Llegamos a la convivencia como una meta. La cultura ciudadana son los rasgos culturales, los comportamientos que nos permiten llegar a la convivencia. La convivencia es el punto de llegada y la cultura ciudadana es el camino”.

La ciudadanía de Medellín está a la expectativa, y hay muchas personas y entidades que han manifestado su interés de contribuir. Desde hace varios años, la OMS viene invitando al planeta a combatir la contaminación acústica con la misma fuerza que invertimos en frenar la contaminación ambiental. Así de enorme es el reto.

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