Arrancamos 2026 en un mundo que no da tregua. Las noticias hablan de guerras, economías frágiles, mercados inestables, decisiones políticas que parecen improvisadas. La incertidumbre dejó de ser una excepción y se volvió el contexto. Y, aun así, insistimos en comenzar el año como siempre: más metas, más exigencia, más control.
Como si apretar el acelerador resolviera la sensación de fondo.
Pero tal vez este año no nos esté pidiendo claridad externa, sino honestidad interna. Porque no es lo que la vida nos da lo que define cómo nos sentimos, sino desde dónde lo estamos midiendo. La lluvia no nos hace infelices, como el sol no nos hace felices. El cargo no garantiza nuestra calma. Un buen salario no asegura sentido. El problema no es el evento; es la comparación constante entre lo que es y lo que creemos que debería ser.
Lea: Un año para pensar distinto
Escuché recientemente una idea que lo resume con crudeza, compartida por Mo Gawdat: La felicidad es igual o mayor a la diferencia entre los eventos de nuestra vida (o, más precisamente, nuestra percepción de ellos) y nuestras expectativas, deseos y exigencias sobre cómo debería verse esa vida. Cuando esa brecha es grande, aparece la frustración. Cuando se reduce, aparece la calma.
Y ahí está la raíz del cansancio colectivo. No solo vivimos tiempos complejos; vivimos exigiéndonos respuestas desde una versión nuestra que ya no existe. La vida es estacional. Cambia. Nosotros cambiamos. Pero seguimos empujando objetivos diseñados para otra etapa, otro contexto, otra conciencia. Fallamos en observar que ya no somos los mismos.
Nos enseñaron a gestionar, a liderar, a planear y a producir . Poco nos enseñaron a observarnos. Por eso confundimos estrés con importancia, agenda llena con propósito, control con seguridad. Y cuando la vida con bastante claridad nos abre caminos distintos, insistimos en forzar los anteriores, convencidos de que más esfuerzo resolverá una pregunta mal planteada.
Lea también: Cuando la inteligencia no es artificial, sino estratégica
La raíz no está afuera. No es el mercado, ni el jefe, ni el país, ni la coyuntura global. La raíz somos nosotros. Nuestra resistencia a sentarnos y preguntarnos, sin maquillaje:
¿Por qué hago lo que hago hoy? No desde el “debo”, sino desde el “quiero”.
No vivimos una sola vida. Vivimos muchas. Y cada una necesita una manera de escuchar distinta. Tal vez empezar bien 2026 no sea fijar más metas, sino reducir la distancia entre lo que esperamos y lo que realmente estamos dispuestos a habitar. Porque cuando cambia la pregunta, cambia el camino. Y cuando entendemos la raíz, la vida deja de sentirse como algo que hay que gestionar y empieza, por fin, a sentirse como algo que se puede vivir.
Únase aquí a nuestro canal de WhatsApp y reciba toda la información de El Poblado y Medellín >>





