El cierre del año nos encuentra a todos agotados por discusiones repetidas. La política colombiana ocupó demasiados titulares y demasiadas conversaciones. Pero, si miramos con cuidado, el problema no es político. Es mental. Es cultural. Es cómo estamos pensando.
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Vivimos en una época en la que todo se reduce a dos extremos, dos versiones, dos bandos. Un sí o un no. Una sola lectura posible de lo que pasa. Y esa rigidez, que tanto criticamos en el ámbito público, también se está instalando en las empresas, en los equipos y en nuestras propias decisiones.
Hace poco leí un artículo de Harvard sobre liderazgo y me hizo ver el patrón con claridad. La mayoría de organizaciones no se estanca por falta de talento ni por falta de ambición, sino por algo mucho más simple: porque sus líderes creen que ya entendieron todo. Creen que su experiencia es suficiente, que su intuición basta, que sus criterios no necesitan contraste. Y cuando eso ocurre, el pensamiento se cierra, las voces se apagan y los equipos dejan de decidir con autonomía.
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Lo mismo pasa en la vida diaria. Cuando defendemos nuestras ideas como verdades absolutas, las conversaciones dejan de ser espacios para entender y se convierten en espacios para ganar.
El artículo de Harvard lo explica sin adornos: los líderes que más frenan a sus organizaciones no son los incompetentes, sino los que insisten en hacerlo todo ellos, en tener la razón, en operar desde viejas fórmulas que alguna vez funcionaron. Los héroes que no se dan cuenta de que, en entornos complejos, la velocidad ya no está en el líder que hace, sino en los equipos que piensan.
Y ahí es donde la reflexión se vuelve universal. No es política. No es corporativa. Es humana.
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En un mundo tan incierto como el que estamos viviendo, desde los negocios hasta nuestras relaciones, ya no funciona actuar desde certezas rígidas. Necesitamos líderes, padres, ciudadanos y profesionales capaces de decir: puede haber otra manera. Personas que no solo busquen respuestas, sino mejores preguntas. Que no teman ceder control para ganar perspectiva. Que entiendan que escuchar no es debilidad, es estrategia.
Abrir la conversación no significa renunciar a la convicción. Significa reconocer que ninguna visión es completa por sí sola. Y que la calidad de nuestras decisiones depende directamente de la calidad de los puntos de vista que integramos.
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Este año nos deja muchas tensiones, pero también una invitación clara: si queremos avanzar, como país, como empresas y como individuos, necesitamos recuperar la capacidad de pensar sin trincheras. No para estar de acuerdo en todo, sino para construir desde algo más grande que nuestras certezas iniciales.
Quizás el verdadero liderazgo hoy no esté en tener la última palabra, sino en diseñar espacios donde muchos puedan pensar mejor.





