Paulo Freire (1921-1997), pedagogo, educador y filósofo, en su texto Pedagogía del oprimido, convierte el aula en una práctica política emancipadora; advirtiendo que la palabra nombra al mundo para transformarlo. Desde esa mirada, es posible avizorar que, en sociedades atravesadas por la desigualdad, la desinformación y el agotamiento institucional, las universidades están llamadas a operar como infraestructuras cívicas: espacios en los que se cultivan los saberes, las capacidades y las confianzas que sostienen la vida democrática.
Precisamente, Uniminuto ofrece una epistemología práctica: aprender para servir y transformar territorios. John Dewey (1859-1952) lo anticipó: la democracia es la forma de vida asociada que se aprende resolviendo problemas reales; de ahí el Aprendizaje-Servicio y la Cultura Maker como “aulas públicas” en las se delibera, coopera y prototipa. Bajo esa perspectiva, nadie educa a nadie: el diálogo horizontal y la conciencia crítica son antídotos contra la apatía y la manipulación informativa. Por su parte, Jürgen Habermas (n. 1929) añade el método como condiciones de habla, evidencia y reconocimiento para esferas públicas que hoy pueden ser híbridas (HyFlex), pluralizando voces sin renunciar a la exigencia argumentativa.
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Si la crisis es socioambiental, la brújula ética la aporta la Ecología Integral: todo está conectado. Aquí convergen Amartya Sen (n. 1933) y Martha Nussbaum (n. 1947) (capacidades para elegir y cuidar), Aldo Leopold (1887-1948) (comunidad biótica) y Edgar Morín (n. 1921) (pensamiento complejo) para exigir currículos que unan saber técnico, humanidades y acción.
Antioquia lo pide: desigualdades persistentes, transición económica, tramas barriales vigorosas. La universidad puede articularlas con fablabs cívicos -laboratorios de fabricación digital-, clínicas de datos abiertos y veedurías ciudadanas que conviertan el conocimiento en soluciones socioambientales verificables.
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Elinor Ostrom (1933-2012) mostró que lo común se gobierna con arreglos policéntricos y reglas co-diseñadas. He ahí el papel de Uniminuto y de las universidades en general: tejer pactos locales entre Estado, empresas, comunidades y campus; medir agencia cívica tanto como créditos; defender la libertad académica como bien público. En tiempos veedurías ciudadanas universitarias con datos abiertos; evaluación de cursos con impacto cívico; defensa sin matices de la libertad académica. No es “activismo”; es responsabilidad institucional.
En síntesis, la universidad que Colombia necesita no comenta la democracia: la práctica. Si no tomamos partido por el diálogo razonado, la dignidad y los bienes comunes, otros tomarán partido por el ruido, la desinformación y las soluciones hegemónicas que distan mucho de la co-creación, el trabajo colaborativo y la construcción social armonizada.





