La soledad no deseada y el aislamiento social crónico impactan gravemente la salud, actuando como factores de riesgo para enfermedades físicas y mentales equiparables al tabaquismo o la obesidad. Esta triste realidad es llamada “la pandemia silenciosa”; un camino plano para el surgimiento de la depresión, la ansiedad y otros impactos letales, derivados de la degradación de la salud mental y cognitiva.
En un reporte de 2025 llamado De la soledad a la conexión social: El camino hacia sociedades más saludables, la Organización Mundial de la Salud (OMS) establece como mandato abordar esta problemática como una prioridad de salud pública, un llamado a la acción para construir más conexiones presenciales que permitan el encuentro, las relaciones y todo aquello que se deriva de ellas.
Esta realidad no se desconoce en el Oriente antioqueño. La desconexión social desde la presencialidad es un hecho cada vez más evidente; después de la pandemia del covid-19, poco a poco vamos dimensionando los riesgos del modelo contemporáneo que nos convierte cada vez más en una sociedad virtual, de pantallas e inmediatez que obtiene bienes y servicios a un solo clic. El mundo nunca estuvo tan conectado digitalmente -es un gran avance-,pero nunca tantos han dicho sentirse solos, como ahora.
Esta no pretende ser una diatriba contra los avances tecnológicos; celebro cómo sigue llegando a los sectores rurales del Oriente la red de internet satelital y sus beneficios en los territorios productivos. Este es más un cuestionamiento al modelo y sus impactos silenciosos, como ir a la finca para seguir anclados en la web y no conectarnos con sus anfitriones o con nuestro campo; esto no debería ser celebrado como avance.
Reflexionemos cómo y dónde se está desarrollando ahora nuestra identidad: reuniones sin desplazamiento, compras digitales sin salir de casa, dopamina y alegrías empaquetadas al alcance de los dedos. El modelo ahora resuelve lo que antes resolvíamos mirándonos de frente. Pero cuán necesarios son los encuentros.
Ahora desatendemos lo que produce una comunidad: contacto que genera confianza, tejido, vínculos… La construcción de una sociedad fuerte se debe entender desde la mirada fija a los ojos, sin distractores, desde la atenta escucha de la nitidez de las palabras, en los acuerdos que se confirman con un apretón de manos, en las visitas a los ancianatos, a los clubes de lectura, etc. Desestimular el encuentro es abonar el terreno hacia el olvido de todas estas virtudes, un deterioro para que aumenten los indicadores de soledad y sus riesgos.
El modelo sigue acortando el mundo a un solo clic, pero también está tensando el valor de la presencialidad, esa que, con la fricción del contacto, la interlocución y las miradas fijas, nos afila y cohesiona como seres humanos y no como chatbots artificiales sin identidad.





