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Un leoncito de montaña, avikingado y medio indio

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¿Quién era esta criatura que años más tarde haría sonar y resonar como nunca antes la poesía en Colombia? ¿Cómo fue esa primera infancia que luego retoñó en poderosos “mamotretos”? Aquí la historia.

Este niño de montaña que nos mira, avikingado y medio indio -ya verán- estuvo cerca de quedar huérfano de padre cuando todavía lo vestían con semejantes camisones.

A los cándidos ojos de este siglo la criatura podría parecer más niña que niño, pero en 1897 -ese día, en Medellín, mientras miraba a la cámara de los hermanos Rodríguez- estaba vestido era de príncipe. De príncipe imperial. Fotos de ese mismo año, tomadas al otro lado del Atlántico, muestran a la Duquesa de York -“Reina consorte del Reino Unido y de los dominios británicos y emperatriz de la India”- junto a sus pequeños Albert y Edward, vestidos casi idéntico a este pequeño futuro poeta rimbombante. 

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Razones tendrían sus padres para querer verlo así. La genealogía convencional -esa mezcla de ilusiones, omisiones y una buena dosis de machismo- argumenta que para formar a este rubio de ojos oscuros y redondos fueron necesarios genes de ex militares nórdicos, constructores germanos, rebeldes antioqueños y hasta de emperadores incas.  

Su bisabuelo Carlos Segismundo, sueco, inmigró atraído por el oro y trazó el primer mapa de la Provincia de Antioquia y un canal interoceánico sobre el Atrato. Su abuelo Heinrich, alemán, dirigió la Escuela de Artes y Oficios y construyó el puente de Guayaquil sobre el Río Medellín, que todavía iluminan en diciembre. El abuelo Francisco Antonio, antioqueño, fue revolucionario y gobernador de Antioquia y de Mompox. Una de sus bisabuelas habría sido “hermana o prima de José María Córdova”. Y por su abuela Maria Salvadora Teopista sería el “decimocuarto nieto del Inca Huayna Capac”, el Emperador de Cuzco y padre de Atahualpa. 

Y, sin embargo, no es que lo vistieran siempre así. Este en particular era un día de celebración, podemos apostar. Era su segundo cumpleaños. En la orilla del negativo, al revés de la placa de vidrio, el fotógrafo rayó con un punzón “León de Greiff”, “Julio 97”. 

Había nacido el 22 de julio del 95, veinticuatro meses antes, en una casa que no existe, en el cruce de La Paz con la carrera Bolívar. Y lo bautizaron veinte días después, el 11 de agosto. Pero entre esas dos fechas una sombra había azotado a los De Greiff. Laura, la primogénita, murió a los cinco días de haber nacido León. Tenía solo catorce meses.

De modo que desde aquella esquina -donde ahora el viaducto del Metro da un par de zancadas cerca a la estación Prado- salieron esa mañana de domingo Don Luis y Doña María Amalia con el único hijo que les quedaba entre los brazos. Y recorrieron las siete u ocho cuadras que los separaban de la Iglesia de La Veracruz.

Mitologías familiares cuentan que al preguntar el cura -Alejandrino Zuluaga- el nombre que llevaría el niño, quedó tan sorprendido como lo habría hecho cualquiera: “Francisco de Asís León Bogislao… De Greiff Haeusler”. Y chistó: “¿León no es nombre de animal…?”. “¿El Papa no se llama León XIII…? Animal usted”, dicen que habría respondido Luis. Las fechas coinciden, y además era liberal y estaba adolorido por el luto. Pero su “León” era un homenaje a Tolstói, corrigen hoy sus hijos.

Porque Don Luis leía, y escribía. Casi un año después de aquel bautizo, en junio de 1896, fundó una de las primeras revistas ilustradas de Medellín, El Repertorio, junto a uno de los dueños del estudio fotográfico donde justamente le tomaron esta foto a su León: Horacio Marino Rodríguez, hermano mayor del famoso Melitón. La revista se acabó un año más tarde, en mayo del 97, dos meses antes de esta foto, y cuando a la familia se acaba de sumar la pequeña Leticia. El país político se volvía a agrietar al sonido de los fusiles rojos y azules y muchos negocios se empezaban a asfixiar.

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La Guerra de los Mil Días estalló finalmente en octubre del 99. Y Don Luis tenía motivos para sentirse inquieto. Había sido alumno de quien sería el más fiero de los generales liberales, Rafael Uribe Uribe, y era su amigo y entusiasta. Dicen que eso, y la necesidad de plata para sostener la familia en expansión, hicieron que quisiera refugiarse lejos. Se fue entonces de Medellín con María Amalia y los dos niños.

En esta otra fotografía vemos a los hermanitos juntos, en julio del 99. Se las alcanzaron a tomar en el estudio de los Rodríguez, antes de emigrar. León se ve ahora con el cabello corto y bien peinado y otra vez luce un vestido. Era su cuarto cumpleaños, seguramente.

León y Leticia de Greiff 1899 (Fotografía Rodríguez).
León y Leticia de Greiff 1899 (Fotografía Rodríguez).

Le habían dicho a Luis, al parecer, que entre las brumas de Aguadas -en el suroeste de Antioquia- los ánimos políticos estaban más serenos, y que había mucho qué vender. Eran tiempos de arriería, trochas y barrizales, y a lomo de mula el viaje podía tomar hasta cuatro o cinco días. Pero allá fueron a dar los cuatro.

Alquiló una casa y abrió un negocio de sombreros (aguadeños), desde el que comenzó a exportar y a distribuir hacia otras zonas del país, además de café y oro. Y al varoncito lo matricularon en la  Escuela Oficial. 

Niños de la época, ya viejos, contaban o inventaban años más tarde haber jugado con “trompos y corozos” en las calles y patios del pueblo con León. Y Germán Espinosa cuenta haber conocido a la nana o “aya” que tuvieron los niños esos días. La mujer se refería a él como “Leoncito” y lo recordaba como “un niño indómito y voluntarioso…”.

Un niño que, decíamos, por esos días casi se queda sin papá. En comentarios al vuelo, recordó alguna vez varias cosas que se grabaron en su memoria mientras vivió en el pueblo. A “un señor de ruana blanca puesta elegantemente” que dirigía la Banda Municipal. A “Juan Onofre”, que se la pasaba cantando “¡Dónde están los pajaritos!” (inmortalizado por un famoso porro). Y al padre Onofre Duque: “Santo varón… que intervino para que mi padre no fuera fusilado mientras ‘llegaba la orden’”.

Quién sabe cómo fue todo. ¿Quién y por qué pensó fusilar a don Luis, y con qué maniobras le salvó la vida un cura viudo? Si alguien sabe que nos cuente.

El hecho es que para 1903 ya estaban de vuelta en Medellín, pues ese año nació Otto, su segundo hermano. Y en julio de 1904 esto decían sus calificaciones del Colegio de doña Concha Osorno: “Alumno: León de Greiff: Conducta: 5, Asistencia: 5 (…) Aseo: 2”. Cumplía nueve años.

Es curioso que en los recuentos familiares sus descendientes se salten el tramo de Aguadas como quien adelanta un capítulo aburrido, pero lo cierto es que allá quedó su primera infancia:

“De Aguadas nunca salí.

Desde siempre estoy allí,

varado como arrecife…”.

Así escribiría uno de los tantos alter egos en uno de los muchos “mamotretos” de este administrador empírico, burócrata atlético y poeta prolífico que jugó y tergiversó palabras y sentidos hasta el agotamiento, y que llegó a estar nominado a un Nóbel que no le interesaba… “Y si me lo concedieran no lo aceptaría”.

Vaya uno a saber… 

En todo caso, de la infancia de este Leoncito que atenaza con cuidado un par de hojas y ramitas en el Medellín del siglo antepasado no hemos encontrado sino esto y poco más… hecho de retazos y migajas. Y de cabos regados por ahí que ya veremos si alguien trata de juntar.

POR:

Archivo Fotográfico – Biblioteca Pública Piloto de Medellín para América Latina. Juan Miguel Villegas

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