Thoreau para soldados

Por: Redacción
15 noviembre, 2008
  Por: Jose Gabriel Baena  
 
“Acepto de todo corazón el lema de que “el mejor gobierno es el que gobierna menos”, y me gustaría verlo puesto en práctica con más rapidez y sistemáticamente. De tal manera, al final debería afirmar que “el mejor gobierno es el que no gobierna en absoluto”; y cuando los hombres estén preparados para ello, esa será la clase de gobierno que tendrán. El gobierno es sólo una conveniencia; pero la mayoría de los gobiernos son por lo general, y todos alguna vez, inconvenientes.
El ejército regular es sólo un brazo del gobierno permanente. El gobierno mismo, que es sólo el modo que el pueblo ha escogido para ejecutar su voluntad, es igualmente propicio al abuso y la corrupción antes de que el pueblo pueda reaccionar ante ello. Los gobiernos muestran, entonces, cuán exitosamente pueden ser sometidos los hombres, para su propio beneficio. El gobierno (norteamericano) nunca ha apoyado ninguna empresa sino con la misma celeridad con que se ha apartado de su camino. El gobierno no guarda la libertad del país. No pacifica el Oeste. No educa. El carácter inherente del pueblo norteamericano ha realizado todo lo que vemos cumplido. Y habría hecho mucho más, si el gobierno no se hubiera atravesado en su camino. Porque el gobierno es una conveniencia por medio de la cual los hombres se respetarían gustosamente los unos a los otros; y cuando es más conveniente es cuando deja solos a sus gobernados.
Los negocios y el comercio, si no estuvieran hechos como de goma, no podrían arreglárselas para saltar sobre los obstáculos que los legisladores ponen continuamente en su camino; y si uno fuera a juzgar a estos hombres exclusivamente por el efecto de sus acciones y no sólo parcialmente por sus intenciones, merecerían ser clasificados y castigados como esos malhechores que siembran de obstáculos las vías férreas.
No reclamo de una vez el no-gobierno sino cuanto antes un mejor gobierno. Dejemos que cada hombre haga saber qué clase de gobierno le merecería su respeto, y que cada uno dé los pasos para obtenerlo. Después de todo, la razón práctica de que cuando el poder está en manos del pueblo se le permite regir a una mayoría, y por períodos largos y continuos, no es porque parezca esto agradable a la minoría sino porque aquella es físicamente más fuerte. Pero un gobierno en el cual la mayoría rija en todos los casos no puede estar basado en la justicia, tal como la entienden los hombres.
La ley nunca ha vuelto a los hombres un poquitín más justos; y por su respeto por ella incluso los mejor dispuestos ejercen diariamente como agentes de la injusticia. Un resultado común y natural de un indebido respeto por la ley es que uno puede ver una fila de soldados, el coronel, el capitán, el cabo, los reclutas, los municioneros, en fin, marchar en admirable orden monte arriba y monte abajo hacia la guerra, contra sus voluntades, ¡ay!, contra el sentido común y contra sus conciencias, lo que vuelve más ardua la marcha y acelera la palpitación del corazón. Ellos no tienen duda de que la guerra es un asunto maldito y que no les concierne. Todos están inclinados a la paz. Pero, ¿qué son ellos? ¿Hombres después de todo? ¿O pequeñas fortalezas y cananas al servicio de algún inescrupuloso en el poder?
La masa de esos hombres sirve entonces al Estado, no como hombres principalmente, sino como máquinas, con su cuerpo. Ellos son el ejército regular, con la policía, carceleros, guardias, posse comitatus [fuerzas especiales], etc. En la mayoría de los casos no hay libre ejercicio ya sea del juicio o del sentido moral. Pero ellos se ponen a sí mismos al nivel de los árboles talados y la tierra y las piedras. Y hombres de palo podrán ser fabricados para servir a esos propósitos. Hombres tales no merecerán más respeto que un espantapájaros o un puñado de lodo. Su valor será el mismo que el de los caballos de carga o los perros vigilantes. Pero seres así incluso son estimados como buenos ciudadanos. Unos muy pocos, como los héroes, patriotas, mártires, reformadores en el amplio sentido, y los hombres, sirven al Estado también con su conciencia, y la mayor parte de las veces se le resisten. Y entonces son tratados por aquel como enemigos”. Thoreau dixit. Let it bleed.

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