Qué responsabilidad la que se nos dio con la palabra. Y qué poco nos hacemos cargo de ella. Nunca habíamos producido tantas. Las escribimos en grupos de WhatsApp, en publicaciones, en correos que nadie termina de leer.
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Ahora, además, tenemos máquinas que las escriben por nosotros. Lo digo con conocimiento de causa: mi oficio es ayudar a otros a encontrar sus palabras, y hoy construyo herramientas de inteligencia artificial para hacerlo.
Por eso me preocupa. No porque falten palabras, sino porque sobran. Y en la abundancia solemos subestimarlas, tanto en su presencia como en su ausencia.
Decimos que alguien tiene el don de la palabra cuando habla bien. Pero ese don es mucho más que la elocuencia. Hay gente elocuente que no dice nada, y gente torpe al hablar que dice justo lo que el otro necesitaba oír. La diferencia no está en la forma. Está en la responsabilidad.
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Esa responsabilidad empieza antes de hablar.
Una buena palabra no nace cuando se dice, sino en el preludio, donde se entiende para quién es y cómo debe llegar. Pasa en la preparación de una charla, en el mensaje que se lleva a la familia de un fallecido, en la voz que se alza en medio de una emergencia. A veces hay días para prepararse. A veces hay segundos para la inspiración.
En ambos casos la pregunta es la misma: ¿quién va a recibir esto?
La palabra resuena, deja un eco en los otros, y ese eco se puede leer. Las caras de quienes escuchan. Los silencios del lugar. O la misma respuesta del receptor. Son la guía más honesta sobre el efecto que está produciendo, o no, lo que decimos.
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Me ha pasado perder a la audiencia, o al menos creer que la estoy perdiendo.Tener que virar o, en algunos casos, abrir un espacio para aclarar un mensaje que no llegó como yo esperaba.
Por eso la forma importa. En lo hablado, el tono y la dicción. En lo escrito, la redacción y la ortografía. No son adornos. Son lo que permite que la palabra tome color y no pierda fuerza ni atención en el camino. Una buena palabra no solo entrega significado: reconoce a quien la recibe y se adapta para servirle de la mejor manera.
Porque si hay algo con lo que cada vez estoy más de acuerdo, es que el mensaje no es del emisor, sino del receptor.
Y a veces la mejor palabra es la que no se dice. Como bien me dijo mi padre alguna vez: “usted siempre será rey de su silencio y esclavo de sus palabras”. El silencio no es la ausencia del don. Muchas veces es su expresión más difícil.
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Saber cuándo hablar, cuánto y cuándo callar exige algo que no se aprende en ningún curso de oratoria: conocerse. Tener claro desde dónde hablamos, qué queremos provocar en el otro y qué estamos dispuestos a sostener después de haberlo dicho.
Hoy cualquiera puede producir palabras. Hasta una máquina lo hace en segundos. Hacerse cargo de ellas sigue siendo cosa nuestra.
Porque una palabra, una vez dicha, deja de ser nuestra. Pero nunca deja de ser nuestra responsabilidad.




