Hace unos meses se mudó al apartamento 601, del edificio donde vivo en Bogotá, Alex, un ecuatoriano que llegó desde Medellín con su esposa y dos perritos.
Este edificio no es uno cualquiera, es de los pocos donde todavía existe el sentido de vecindad, y cuando alguien nuevo llega, hacemos una reunión de bienvenida. Alex y su esposa no fueron la excepción.
Lo que no sabía entonces es que Alex había llegado al 601 después de ganarle a la muerte.
En diciembre del año pasado, cuando él aún vivía en Medellín, tuvo un accidente que partió su vida en dos. Los médicos le dieron 25 % de probabilidades de sobrevivir los primeros tres días que estuvo en cuidados intensivos. Sobrevivió. Pero el parte médico traía una segunda noticia: cuadriplejia.
Sentarse con Alex es una de las cosas más extraordinarias que me han pasado este año. Pues no sólo me encontré con una mente brillante que te habla con la misma soltura de la fe Bahá’í (que confieso que yo no había escuchado nunca) como del ecosistema de startups en América Latina.
Pero lo que más me sorprende no es lo que sabe, sino la actitud que tiene. Alex hace chistes, tiene un sofisticado humor negro. Se burla de su situación. No se victimiza. Y cuando menos lo esperas, se te olvida que está en una silla de ruedas.
Con toda seguridad una que otra noche se preguntará “¿por qué yo?”, pero no se queda ahí. Su frase de base es otra: “yo voy a ser el que salga de esto”.
Y está saliendo adelante. Hoy ya recuperó la movilidad en los brazos y los médicos redujeron la severidad del diagnóstico inicial. Estoy seguro de que en unos meses estaremos caminando por el barrio.
Cuando pienso en Alex, no puedo evitar imaginarme en su lugar. Una vida donde dependo de otros para pararme, moverme, alimentarme, bañarme. Una vida donde un día me desperté normal y en la tarde mi vida colgaba de un hilo. Donde mi realidad ya no es trabajar o hacer crecer una empresa, sino sobrevivir y atravesar el reto físico, mental y espiritual más duro que he visto de cerca. No sé si yo tendría esa entereza. Honestamente, no sé.
Por eso, cuando tengo un día “pesado”, de esos en los que uno se queja del tráfico, de la empresa, del cansancio… Pienso en el 601 y todo se acomoda. Mis problemas se vuelven comparativamente “banales.” Y pienso que si Alex, desde una silla de ruedas, es capaz de regalar esperanza, yo, que puedo caminar hasta su puerta, debería ser capaz de multiplicarla.
Gracias, querido Alex. Por los chistes, por las buenas conversaciones, y por enseñarnos sin proponértelo lo que muchos no aprendemos en una vida entera.





