Pregunte hasta por lo que no vea

Por: Tomás Molina
12 diciembre, 2019
Rosana Arizmendi Mejía
Por Rosana Arizmendi Mejía / [email protected]

En mi periplo a través del aprendizaje, me he ido persuadiendo de que no solo se aprende de una manera determinada. Se aprende cuando se viaja, se lee, se conversa con los demás, cuando se trabaja.

Siempre he sido muy preguntona. En clase, en el trabajo, en la vida. Soy muy curiosa y me encanta entender el porqué de las cosas… Por eso, pregunto hasta por lo que no veo. No solo les hago preguntas a las personas; también a los libros, a Google, a los documentales, a mí misma y hasta a las comedias románticas. Y, ¡claro!, incluso hice ciencia en una época, buscando respuestas para asuntos que en ese momento me interesaban.

Todo este historial como preguntona me ha hecho ser reintensa y persistente, pero, sobre todo, me ha servido para aprender. De hecho, creo que tengo una leve adicción por este verbo – ¡ojo!, es autodiagnosticada, pues no sé si el gusto por aprender en realidad se pueda llamar “adicción”; sin embargo, sí estoy convencida de que aprender genera placer.

(Paréntesis: hace poco, Arancha Ruiz, headhunter española, propuso el “síndrome del explorador” para hablar de esas personas que están en constante búsqueda de aprendizajes, tanto desde el punto de vista laboral y profesional, como personal).

En mi periplo a través del aprendizaje, me he ido persuadiendo de que no solo se aprende de una manera determinada. De hecho, hay muchísimas maneras de hacerlo. Por ejemplo, se aprende cuando se viaja, cuando se lee, cuando se conversa con los demás o con uno mismo, cuando se escucha, cuando se observa y cuando se trabaja. También, hay personas que aprenden de distintas formas: visual (hola, heme aquí), auditiva o kinestésicamente (que aprenden haciendo y tocando cosas), advirtiendo que esta es una simplificación de la gran variedad de maneras de aprender que tenemos los seres humanos.

El caso es que sea como sea que aprendamos, la mejor noticia es que, ¡se puede hacer durante toda la vida! Incluso cuando ya se es ‘viejito’. Esto se debe a la neuroplasticidad, que es la capacidad del cerebro de “recablearse” (creo que esta palabra no existe, pero es traducción literal del inglés rewire), es decir, de que las neuronas reconfiguren las conexiones entre ellas e, incluso, generen conexiones nuevas.

Este fenómeno es el que nos permite desarrollar nuestro cerebro cuando somos niños, y también es el que hace que, literalmente durante toda la vida, podamos seguir cambiando nuestros hábitos, aprendiendo cosas nuevas y adaptándonos a los cambios. O sea, ¡el cerebro es un hit! Y ser preguntón o preguntona ayuda a que este pueda funcionar en su máximo esplendor. ¿Se animan a ser preguntones?

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