La escuché en un retiro de yoga. Yo iba como una más, buscando silencio. Ella tenía un bebé de cuatro meses y una taza de té que removía sin tomar. Le hablaba a otra mujer en voz baja, como quien confiesa algo prohibido, y yo —sin querer— escuché:
Me dijeron que era tristeza pasajera. Pero ya van cuatro meses. Y no me reconozco. No duermo aunque el bebé duerma. Tengo pensamientos que me dan miedo contar. Me dicen que disfrute esta etapa. Yo sé que mi hijo es perfecto. El problema soy yo.
No me moví. Porque esa mujer, sin saberlo, estaba contando mi historia.
Lea también: La hormona que te ayuda a dormir no está donde crees
A mí también me pasó. Yo también me senté con un bebé en brazos y una mente que no se apagaba. Yo también pensé que el problema era yo. Y a mí también me pusieron un nombre: depresión postparto. Me dieron antidepresivos. Después, inductores del sueño. Y yo los tomé, porque era lo que había, porque era lo que sabía, porque ni siquiera yo —siendo médica— tenía las herramientas para entender lo que me estaba pasando por dentro.
Pasaron años. Aprendí a parar. Aprendí a escucharme. Estudié. Y entendí, tarde pero clarísimo, que no estaba deprimida: estaba vacía de progesterona. Y nadie, en ninguna consulta, me lo había nombrado.
No, no eras tú. No era yo. Era nuestra química. Y nadie nos lo dijo.
Lea todas las columnas de Karina Contreras aquí.
La caída que la medicina convencional no nombra
En la columna anterior (encuentra el enlace más arriba en este texto) les contaba que la progesterona, al caer, se lleva consigo tu ansiolítico natural. Hoy quiero contarte algo que casi nadie te dice —y que a mí me costó años entender en carne propia: existe una caída de progesterona infinitamente más brutal. Y le ocurre a una de cada tres mujeres del planeta. En cuestión de horas.
Durante el embarazo, la progesterona sube hasta niveles diez a quince veces más altos que en un ciclo normal. Tu cerebro se baña en esa hormona durante nueve meses. Te calma. Te sostiene.
Y entonces nace tu hijo. En 24 a 48 horas, esa progesterona se desploma a niveles casi indetectables. No es una bajada. Es un vacío. La caída hormonal más abrupta que vivirá un ser humano en toda su vida. La menopausia sucede en años. Esto sucede en una madrugada.
Lee: Del pop al stop: cuando el cerebro aprende a cuidarnos
Y a esa madre, que pude haber sido yo, que puedes ser tú, le decimos que descanse, que agradezca, que disfrute.
Hay dos pacientes en esa habitación
Lo aprendí en mi propio cuerpo antes que en los libros: cuidamos al recién nacido como si fuera el único paciente. A la madre le preguntamos si está dando pecho. Y poco más.
Pero el primer ambiente de un recién nacido no es la cuna. Es el sistema nervioso de su madre.
Y ese vínculo madre-hijo, ese primer abrazo neuroquímico que marcará la regulación emocional del bebé por el resto de su vida, se construye sobre el terreno hormonal de ella. No sobre su voluntad. No sobre su amor. Sobre su química.
También lee: ¿Tener 20 años para siempre? Descubre cómo es posible
El postparto no termina a las seis semanas
Esa cita de control a los 40 días donde te dicen “todo bien, ya puedes volver a tu vida” es uno de los engaños más grandes de la medicina moderna. La ventana real de restauración es de veinticuatro meses.
Por eso necesitamos menos culpa y más refugios. Más retiros donde una madre pueda dormir una noche entera en paz. Más círculos de mujeres que sostengan a las recién paridas. Más comunidades que cocinen para ella. Más silencio, más naturaleza, más permiso para no estar disponible.
No es un lujo. Es medicina. Y ojalá alguien me lo hubiera dicho a mí.
Lo que sí puedes hacer desde tu plato
Cuando empecé a entender mi propio postparto, lo primero que cambió fue mi plato. Y por eso, en la columna anterior te prometí contarte cómo apoyar tu progesterona desde lo que comes:
- Grasas buenas: aguacate, aceite de oliva extra virgen, yema de huevo de gallina feliz, pescados pequeños. El colesterol no es el enemigo: es el ladrillo de tu progesterona.
- Magnesio: semillas de calabaza, hojas verdes oscuras, cacao puro.
- Vitamina B6 y zinc: plátano, garbanzo, salmón, mariscos, semillas.
- Vitamina C real: guayaba, kiwi, mora. Tus suprarrenales —que son tu fábrica de progesterona en el postparto— funcionan con ella.
- Fibra fermentable: plátano verde cocido y enfriado, avena sin gluten, arracacha.
Le puede interesar: La menopausia comienza desde tu primer ciclo: por qué cada mes importa
Lo que la vacía: azúcar, gluten, lácteos industriales, alcohol, disruptores endocrinos, dietas hipocalóricas postparto.
Y un gesto que tuve que reaprender: come tres veces al día, sentada, sin pantallas, masticando. La progesterona también se fabrica desde la calma.
A la mujer del retiro no le dije nada ese día. Pero si pudiera devolverle aquel desayuno —y devolverme aquella madrugada con mi hijo en brazos— diría:
Lo que tienes tiene nombre, tiene química y tiene salida. No estás rota. Estás vacía de algo que se puede medir y restaurar. Y tu hijo no necesita que disfrutes cada minuto. Necesita que vuelvas a ti. Yo también volví. Tú también puedes.
El postparto no es el final del embarazo. Es el comienzo de la madre. Y esa madre también merece medicina.
Únase aquí a nuestro canal de WhatsApp y reciba toda la información de El Poblado y Medellín >>
5 señales de que tu postparto necesita mirada
- Insomnio aunque el bebé duerma. Progesterona en el piso, cortisol elevado.
- Pensamientos intrusivos que te asustan. No te vuelven mala madre. Es un cerebro pidiendo auxilio.
- Agotamiento que no cede. Pide TSH, T4 libre, T3 libre y anticuerpos antitiroideos.
- Tristeza que persiste más allá de los tres meses. Ya no es transición. Es un terreno sin restaurar.
- Sensación de no reconocerte. No es identidad. Es neuroquímica. Y se restaura.
Si te identificas con 3 o más, es un mensaje de tu cuerpo. Y se puede leer.





