Obras del Museo Ed. 300/Paisaje de Fiésole

Por: Redacción
15 julio, 2005

La primera obra de Fernando Botero que ingresó a la colección del Museo de Antioquia fue el Paisaje de Fiésole, adquirida por la Sociedad de Mejoras Públicas, probablemente en el marco de una exposición organizada por Leonel Estrada entre el 18 y el 26 de julio de 1955 en el Club de Profesionales de Medellín. El cuadro fue uno de los trabajos que el artista trajo al regresar al país ese año, después de un tiempo de estudios en Italia. Su compra era un voto de confianza hacia el pintor porque, al menos en Bogotá, esas pinturas italianas no recibieron conceptos favorables de la crítica, que las encontró poco naturales.

Sin embargo hoy, cuando se cumplen cincuenta años de aquella primera exposición de Fernando Botero en Medellín, el Paisaje de Fiésole se enriquece porque descubrimos en él, como en semilla, muchos problemas que desarrolla a lo largo de su obra y que no eran fácilmente comprensibles para la crítica de la época.

Paisaje de Fiésole es una acuarela de 52 por 67 centímetros que Botero pintó en Florencia en 1954, bajo el impacto que le produjo la revelación del Renacimiento. Lo alentaban, además, las ideas estéticas que se discutían entonces en ambientes italianos y que, en contraste con las tendencias que impulsaban la expresión espontánea de las emociones subjetivas, reivindicaban un retorno a los orígenes del arte, que no se encontraban en los sentimientos sino en la obra de los grandes maestros. En adelante, Botero se mantiene fiel a esa mirada sobre la historia del arte.
Por eso, porque mira más a las obras de arte que a la realidad, este paisaje parece tan abstracto, simple y complejo a la vez. En efecto, podría ser analizado desde un punto de vista formal y se afirmaría entonces, con toda razón, que aquí predominan la reducción a formas geométricas y el contraste entre colores verdes y rojos. Inclusive se puede avanzar todavía más y señalar que la perspectiva tradicional ha sido reemplazada por un complejo juego de diagonales, como radios que, en su contraste con el trazo circular de la montaña, crean la sensación espacial.

Pero, sin desconocer esos elementos formales, hoy quizá podemos ver aquí un proceso estético y significativo más profundo. El paisaje de Botero no se ubica en el mundo de lo real sino en el del arte, y así puede preguntarse por el sentido de este trabajo que realiza. Es un cuadro arcaico que, en su primitivismo, reivindica la necesidad de retornar a las fuentes del arte. Sus volúmenes simples y sus sombras luminosas producen un espacio que crece hacia nosotros y nos atrapa. En fin, Botero crea un arte que es, al mismo tiempo, reflexión intelectual y experiencia sensible, seguramente los dos polos que definen los procesos del arte contemporáneo.


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