En Colombia, la práctica democrática suele asociarse únicamente con la temporada electoral, tomando relevancia cada dos años en elecciones presidenciales y regionales, alternadamente. Sin embargo, reducir la participación ciudadana solo a esos momentos es olvidar que su verdadera fuerza se manifiesta en lo cotidiano, en aquello que hacemos día a día, cuando no hay urnas ni sufragantes. La democracia no vive solamente en las instituciones; vive, sobre todo, en los hábitos individuales.
La política nacional se ha convertido en un espectáculo ajeno y de poder, algo que pertenece exclusivamente a gobiernos, partidos o líderes y esa distancia resulta cómoda: nos permite indignarnos sin comprometernos, opinar sin ser responsables y criticar lo público mientras poco participamos de su construcción. ¿Cómo sostener entonces una democracia, limitados únicamente a reaccionar? En este derecho se necesitan personas capaces de conversar, cuestionarse, disentir y construir confianza social.
Hoy transitamos una paradoja inquietante, nunca habíamos tenido tantas posibilidades de expresión y, al mismo tiempo, nunca había sido tan difícil escuchar verdaderamente al otro. Las redes sociales amplían nuestra voz, pero también reducen la paciencia, premian la velocidad sobre la reflexión, y la reacción sobre el argumento. En ese campo, la democracia corre el riesgo de convertirse en una competencia permanente de indignaciones colectivas.
Decía Byung-Chul Han, filósofo y ensayista surcoreano, que “las sociedades contemporáneas producen exceso de información y escasez de sentido”. Una ‘infodemia’ que nos lleva a la saturación de opiniones, a la confusión y a la mala influencia. La abundancia de datos no garantiza ciudadanos mejor informados, de hecho, muchas veces ocurre lo contrario: el exceso fatiga, nos hace vulnerables a la manipulación y nos lleva a refugiarnos en discursos populistas con soluciones utópicas para problemas complejos.
Y ahí nos quedamos creando polarización, mirando al interlocutor como una amenaza y empobreciendo las conversaciones, hoy no se debate para ensanchar el conocimiento, sino para aplastar a quien no piense como yo. En esta infodemia social, surgen etiquetas que sustituyen argumentos, caricaturas ideológicas que reemplazan personas reales y conformación de bandos. Es claro que la democracia no consiste en eliminar diferencias; consiste sí, en aprender a convivir con ellas sin destruirnos mutuamente.
Cuidemos este mecanismo formando el criterio, verificando datos, participando en conversaciones difíciles y reconociendo el poder de las palabras para fortalecer el tejido democrático.
El desafío más urgente de nuestro país no es solamente elegir mejores gobernantes, sino convertirnos en mejores ciudadanos, proponiendo cada uno desde su metro cuadrado, porque una democracia sólida no depende exclusivamente de quienes llegan al poder, sino de la calidad humana, ética y cultural de quienes la sostienen todos los días.




