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Nostalgia

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Hace pocos días tuve la fortuna de hacer un recorrido largo por el barrio de mi niñez: Laureles. Me encantó poder disfrutarlo a pie, recorrer las calles por donde solía caminar, el sitio en el cual me recogía el bus del Calasanz, el atrio de Santa Teresita, donde a diario íbamos a la misa del padre Gabriel Díaz, con la segunda clara intención de echarles miradas a las bellas sardinas del barrio.

Recorrí varias calles, recordando con profundo cariño el nombre de las familias que las habitaban y a quienes llevábamos los domicilios desde el Granero de mi padre (El Placer). Evoqué el Múltiple, la farmacia Santa Paula, El Embeleco, la droguería Minotas, El Coche Rojo, la lonchería la Gloria, El Paraguas y el almacén Belen’s. Recordé la papelería de Las Berrío, recreé las procesiones de Semana Santa y los fallos de la proyectora de películas en el Kínder Parroquial.

Lamento el momento en el cual optamos, permitimos y fomentamos construir los conjuntos cerrados, negación de sus habitantes al espacio público y a quienes transitan por su entorno.

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Me alegró observar cómo la movilidad de buena parte de los habitantes es a pie; que las personas se conocen entre sí; que se saludan y tejen conversaciones; que tienen gran cantidad de sitios que frecuentan en la búsqueda de un café, un almuerzo o una cerveza al final de día.

Esto me hizo recordar la época de mi niñez, cuando la cuadra era una familia, donde era evidente que había un tejido social intenso y profundo. Me enamoró poder ver el maravilloso efecto de la combinación armoniosa de la actividad residencial con la comercial, con locales ubicados en los primeros pisos de los edificios de apartamentos.
Una de las fascinaciones que tienen las ciudades europeas es ese: el comercio complementario, lugares mágicos donde se realizan encuentros de amigos.

Mi nostalgia aumentó cuando me pregunté ¿cuándo se rompió esta trama urbana que dio al traste con el tejido social de nuestra sociedad? ¿Por qué en muchos barrios no existe dicho tejido y no se tienen condiciones para que se recupere?

Lamento de corazón el momento en el cual optamos, permitimos y fomentamos construir los denominados conjuntos cerrados, condominios que tienen una negación de sus habitantes al espacio público y a quienes transitan por su entorno.
Reconozco que razones como la inseguridad dieron pie al nacimiento de estos condominios, pero acompaño el pensamiento de Zoraida Gaviria G., quien afirma que es imperdonable la pérdida del tejido social en una sociedad solidaria y amable como la antioqueña.

El arquitecto Norman Foster expone que “en principio la arquitectura trata del refugio, después de salir de la cavernas y más adelante cuando se han trascendido las necesidades absolutas, se trata del espíritu”. Agregaría que la interrelación es inherente al espíritu de los seres humanos.

En buena hora el POT de Medellín ha permitido y exigido la presencia de las denominadas mixturas en las cuales deberán coexistir actividades comerciales y residenciales y aún residenciales de varios estratos. Ojalá esta normativa nos permita alejarnos del frío estilo de vida que hemos creado. Amén.

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