No comencemos diciendo lo mismo de siempre: “El 2025 nos dejó grandes películas”, porque cada año encontramos diferentes y novedosas maneras de sorprendernos audiovisualmente, y aún más con el hype y rapidez que tenemos en las redes sociales.
Y no solo eso, sería humanamente imposible escoger “las mejores” entendiendo que en el mundo se hicieron cerca de 20.000 historias para la gran pantalla, lo que nos quita la capacidad objetiva de analizarlas y calificarlas.
Sin embargo, podemos destacar características en las que el cine sigue siendo muy relevante y todos podemos estar de acuerdo: conmoviendo, reflejando y enfrentando.
Por eso, no propongo hacer una lista con “las mejores películas” del año pasado, sino que sumemos mejor a la conversación cultural los mensajes que varias de esas cintas quisieron dejarnos a través de sus relatos.
Y es que no hay nada como llorar en el cine, como estar viendo aún los créditos de la película que elegiste para el fin de semana y que tu cabeza esté tratando de procesar cómo es que esa historia ficticia se puede parecer tanto a tu vida, o cómo una frase, línea, interacción de personajes, que tal vez ya has escuchado o visto en otro lugar, te haya marcado tanto tu percepción de la realidad.
No es muy loco o alejado, ya que, por ejemplo, mi año tuvo una lista importante de historias que me hicieron volver a ver el mundo con ojos de esperanza, como Perfect Days de Wim Wenders, una película tan hermosamente sencilla que es casi eso: perfecta. Un mensaje que te lleva a apreciar lo cotidiano, lo repetido, lo que parece pequeño, pero es sumamente grande e importante, porque cada nuevo día es una oportunidad para sonreír, amar y agradecer y eso de por sí ya es un enorme y subestimado logro.
Y pasamos de Japón a EEUU, donde Mike Flanagan, uno de los directores más innovadores de los últimos años, nos invita a redescubrir el significado de nuestra propia existencia con La Vida de Chuck, que tiene una de las escenas musicales y de baile más inspiradoras de la última década, una película que nos envuelve en una fantasía casi filosófica que nos recuerda que cada uno de nosotros es su propio universo, que cada lugar, persona, situación, pensamiento que tenemos durante nuestra vida son una multitud de realidades que nos habitan, y es justo esa la hermosa magia del existir.
El cine de terror también nos dio más que momentos de angustia y susto, y es que películas como Exterminio, la evolución de Danny Boyle; Weaponds de Zach Cregger, Haz que regrese de Michael Philippou y Danny Philippou o Sinners de Ryan Coogler nos mostraron como hasta dentro de la maldad, la oscuridad, el miedo y el apocalipsis el amor es la única fuerza capaz de rescatarnos de lo que pensamos es el final, de ayudarnos a resignificar la muerte, la pérdida y la ausencia, y hasta una que otra risa y número musical que sorprendieron al final.
Y ni qué decir de las infinitas posibilidades narrativas que nos da la animación y que se explotaron de manera hermosamente emocional con películas como Flow, un mundo que salvar de Gints Zilbalodis, donde exploramos desde el sonido y la ilustración lo innato del instinto de supervivencia del ser vivo, la vida en comunidad y el aprendizaje que nace de la adversidad. O la valentía, fuerza interna, hermandad y sed de cuidar que vimos reflejado en K-POP Demon Hunters de Maggie Kang y Chris Appelhans, que, aunque no llegóa la gran pantalla, se coronó como la más vista de Netflix.
Memorias de un caracol, del artista Adam Elliot, también nos ayudó a reivindicar y ver con ojos de libertad la rareza, abrazar el perdón propio, la importancia de avanzar pese a la adversidad y la potencia que hay en las historias simples, pero profundamente inspiradoras.
Al igual que estas, hay muchas más historias que nos marcaron y que por supuesto arrasarán en esta temporada de premios: El Brutalista, Una Batalla tras Otra, Hamnet, El Agente Secreto, Frankestein, Valor Sentimental, Bugonia, Mátate Amor, Un Simple Accidente … todas narrativas que movieron fibras desde lo emocional, político, dramático o extrañamente entretenido.
Lo más importante del cine no es entenderlo, es sentirlo, porque como cualquier forma de arte trasciende la lógica al conectar directamente con las emociones y la empatía, permitiéndonos vivir otras vidas, explorar sentimientos profundos y reflexionar sobre nuestras experiencias sin necesidad de una comprensión intelectual total. El cine moviliza los sentidos, creando una resonancia personal profunda que nos da la oportunidad de vernos a nosotros mismos y al mundo de manera diferente, generando interesantes reflexiones y enseñanzas.





