El 1 de julio de 2025, uno de los telescopios del sistema ATLAS (Sistema de Alerta Final de Impacto Terrestre de Asteroides), ubicado en Río Hurtado, Chile, reportó por primera vez la observación de un cometa que, por su trayectoria, se calculó que provenía de afuera del sistema solar. Se encontró que venía de algún lugar cerca al centro de nuestra galaxia, la Vía Láctea –nosotros estamos en uno de sus brazos, más o menos a la mitad de su radio– y que, desde su lugar de origen hasta llegar al sistema solar, el cometa ha hecho un viaje que ha durado más de 7 mil millones de años.
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El cometa fue denominado 3I/ATLAS. El número 3 y la letra “I” por ser el tercer objeto interestelar que la humanidad ha podido detectar, y se ha convertido en toda una celebridad, pues tiene un conjunto de características que son, para una gran mayoría de astrónomos, perfectamente explicables como parte del fenómeno natural, sin embargo, por lo atípico de la conjunción de tales características en un mismo cometa, también han puesto a hipotetizar a Abraham Loeb, director del programa de Astronomía de la Universidad de Harvard, acompañado de un puñado de científicos inquietos frente a los límites del saber, acerca de la posibilidad de que este objeto sea artificial, un artefacto diseñado por una inteligencia alienígena que ha decidido visitarnos en nuestro barrio cósmico: un diámetro que podría ir hasta los 5,6 km; la velocidad más alta registrada en un objeto de este tipo; una trayectoria muy convenientemente alineada con la eclíptica –el plano del sistema solar– y la forma y composición de sus colas, que para el profesor Loeb, no cuadran con las emisiones de polvo y gases comunes en los cometas de este tamaño.
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Las noticias acerca de este objeto me han tenido fascinado, porque su mera presencia es un símbolo más de la vastedad del universo. El 19 de diciembre, cuando el cometa pase por su punto más cercano a la Tierra –que sigue siendo muy lejos, casi dos veces la distancia que hay entre la Tierra y el Sol– desde muchos telescopios avanzados en el planeta podremos observar la forma de una roca que ¡es más antigua que nuestro Sol! Otro dato, la frontera externa del sistema solar usualmente se traza en la Nube de Oort, el último “cascarón” de cometas que se encuentran bajo una mayor influencia de la gravedad del Sol; el 3I/ATLAS llegó a ese cascarón, nos “tocó a la puerta” y empezó a entrar al sistema solar hace aproximadamente 4.000 años, cuando aquí en la Tierra apenas florecía el antiguo Egipto, todavía no existían las civilizaciones Maya o Inca, la escritura era un invento nuevo y la población de la humanidad era igual a la de un par de ciudades grandes de hoy.
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Por otro lado, en su empeño por empujar los límites del conocimiento, el profesor Loeb y su equipo nos han estimulado la imaginación y el espíritu, pues dibujarnos una imagen mental de una nave alienígena masiva que se acerca tan decididamente hacia nuestro planeta, nos pone de frente las preguntas fundamentales sobre nuestra existencia, para replantearlas teniendo en cuenta este nuevo marco de referencia. Ya no sería ¿quiénes somos?, sino ¿quiénes somos, en comparación con “ellos”?
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Quizá en nuestro tiempo de vida nunca sepamos con certeza si hay alguien, en otro lugar del universo, en alguna civilización, mirando hacia las estrellas y preguntándose también “¿estamos solos?”. Pero pensar en las dimensiones del viaje de un objeto como el 3I/ATLAS sí nos invita a mirar distinto el tiempo que nos corresponde estar en el planeta Tierra. Tal vez no haya ningún propósito trascendental, ningún plan maestro, ningún “para qué” cósmico. Y si eso es cierto, nuestra responsabilidad es experimentar con todas nuestras fuerzas este ratico, aprender, errar, amar, sentir el disfrute y el dolor, pues todo eso viene en este paquete de “vida humana”. Si en realidad estamos aquí sin misión impuesta, sin libreto celestial, entonces también es cierto que estamos radicalmente libres. Y tal vez eso sea suficiente.





