“No es lo mismo que vivir, honrar la vida”, escribió Eladia Blázquez en uno de sus tangos. Hace unos días, mientras caminaba por un paisaje completamente ajeno al que estoy acostumbrado, volví a esa canción. De un momento a otro, me encontré repitiéndola en silencio, como una señal externa de la cadena de pensamientos que había tenido en el sendero. En esa canción se explicaba la mezcla gratitud, lucidez y paz que estaba sintiendo, una que se alcanza cuando uno está totalmente inmerso en algo.
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Era uno de esos lugares que parecen diseñados para provocar asombro. Rocas negras gigantes de las que brotan cascadas, un sendero abierto entre volcanes antiguos. Pero, no todos los que estaban conmigo lo vivieron así; escuché a alguien decir: “Yo ya he visto muchas cascadas”, y voltear a buscar un café para pasar el rato mientras los demás vivíamos el recorrido – a veces, en un viaje, el cansancio puede pesar más que la curiosidad -. Yo también estaba muy cansado, pero mientras caminaba hacia esa cascada “como tantas otras”, pensaba en el milagro de tener el cuerpo disponible para moverme, en la suerte de coincidir en ese viaje con personas que amo, en la enorme cantidad de variables que tienen que alinearse para que un día como ese existiera. Me descubrí sonriendo, respirando hondo, honrando la vida.
El psicólogo humanista Carl Rogers habló de la “persona plenamente funcional”. Se refería a alguien que ha aprendido a habitar el momento presente con apertura, con una sensibilidad que no anestesia el dolor, pero tampoco se desconecta del gozo. Si Rogers hubiera conversado con Eladia Blázquez, habrían llegado a la conclusión de que honrar la vida es sentirla, sin filtros, sin automatismos, con la capacidad de asombrarse por lo que está ocurriendo en cada momento.
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La capacidad de habitar el momento presente con apertura, o de “honrar la vida” es algo que se puede cultivar. No es un talento reservado a unos pocos sino una práctica, una disposición, una forma de mirar la realidad. No hay que ir muy lejos para despertar esa mirada. Para ejercitarla puedes caminar por un barrio desconocido, conversar con alguien que piensa distinto, probar una comida que no se parece a la habitual. Basta con bajarle el volumen al juicio y subirle el volumen a la atención. Ver lo que está ahí, como si fuera la primera vez; porque, en el fondo, lo es. Como dicta el famoso pensamiento de Heráclito:
“Nunca vemos el mismo río dos veces”.
Viajar no es cambiar de paisaje, es cambiar de mirada, y honrar la vida es disponerse a estar, ver y no perder la enorme oportunidad de escuchar la historia que cuenta cada detalle de la vida.
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