Medio siglo amasando parva

Por: Redacción
14 noviembre, 2004

Allí se entraba por una diminuta puerta a un cálido lugar pleno de vitrinas, y estas a su vez estaban atiborradas de hermosos y deliciosos manjares. Para mi era un auténtico embelesamiento. Me ponía a viajar fantasiosamente con los indescriptibles aromas que allí se condensaban y a observar frenéticamente moritos de todos los colores, sabores y formas, galleticas de igual factura, milhojas, panderos, roscones, rosquitas, pañoletas, lengüitas, encarcelados, palitos de queso, palitroques, fósforos de hojaldre, ponqués caseros, tortas negras, volovanes, merengues, turrones, frutas caladas, bizcochos de novia, piononos, brazos de reina, figuritas en azúcar (pastillaje), baguettes, croasanes, panes de trenza, calados, bizcochos de yema, bizcochuelos y una gama de grandes y espectaculares bizcochos, cuyo cromatismo y textura eran una ilusión perdida en mi párvulo e inocente paladar. En otras palabras, por aquella época yo no sabía para mí qué era más difícil, si entrar o salir de aquel lugar, cuyo angelito cupido sobre sus cajas rojas hoy es el símbolo de su calidad. Me estoy refiriendo a la deliciosa y entrañable Pastelería Santa Elena.

Actualmente la Pastelería Santa Elena es una organización con 13 puestos de venta en la ciudad. La calidad y buen sabor de sus preparaciones es reconocida por todas las gentes sin distingo de clase y de capacidad económica. Es un hecho: sus pasteles enrejados de masa de hojaldre y con relleno de arequipe y guayaba, o aquellos de cidra y coco; sus panes de trenza; sus ofertas especializadas durante navidad; sus pasteles de pollo, de queso y de jamón; sus buñuelos; sus empanadas y sus magistrales pastelitos de papa reconocidos en los 4 puntos cardinales de Medellín, constituyen una mínima muestra de aquella producción que hoy podemos considerar patrimonio gastronómico medellinense.

Hasta hace muy pocos años la mano mágica que concibió aquel primer mojicón estuvo durante más de cuatro décadas al frente de sus hornos y mostradores impartiendo la sabiduría propia que caracteriza al noble oficio del pastelero. Desde su pequeño taller artesanal de Barbacoas hasta su actual centro de producción con alta tecnología en El Poblado, Doña Elena todos lo días de su vida estuvo supervisando la calidad de sus productos. Esta maestra y matrona ya no se encuentra entre nosotros, pero es un hecho irrefutable que esta empresa que hoy cumple medio siglo entre nosotros constituye un auténtico ejemplo de tenacidad y de empuje, demostrándonos que la adversidad y los nefastos acontecimientos de nuestra economía y nuestra política, ensañados durante muchos años en esta ciudad, fueron superados con serenidad, modestia y literalmente con muy buen gusto. Desde esta columna deseo rendir homenaje a la finada Doña Elena, a su familia, a sus trabajadores y a toda su organización empresarial y propongo cincuenta millones de aplausos por habernos permitido degustar durante medio siglo tan exquisitos manjares.


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