Las uvas de la ira

Por: Redacción
26 marzo, 2010
 
Por: Opinión de Gustavo Arango
Hay una novela de Ray Bradbury que ni siquiera necesito releer, porque está tan viva en mí como la primera vez que la leí. Tiene un nombre curioso: Fahrenheit 451, y ya empiezo a cansarme de explicar que 451 grados Fahrenheit es la temperatura a la cual arde el papel. La novela parece un relato de ciencia ficción, pero en verdad es una oda a los libros, a su poder infinito para transformar y dar sentido a la vida. La anécdota es simple: en un futuro no muy lejano, como los incendios no existen –porque las construcciones están hechas a prueba de fuegos inesperados–, la tarea de los bomberos consiste en encontrar bibliotecas y quemarlas. Las gentes de aquel tiempo viven idiotizadas por enormes pantallas, y tener libros y leerlos es un delito.
Montag es un bombero que empieza a preguntarse por qué hace lo que hace. Siente que a la vida artificial de su familia y sus amigos les falta algo esencial, y empieza a sospechar que la respuesta a sus preguntas e inquietudes se encuentran en los libros que debe incinerar. Un día cede a la tentación y se roba uno de los libros para leerlo a escondidas. Desde entonces su vida no vuelve a ser la misma. A medida que lee, Montag se asoma al mundo con ojos más despiertos. Para no alargar la historia, diré que al final nuestro amigo termina convertido en criminal, que las pantallas gigantes muestran la transmisión en vivo de la cacería a que lo someten las autoridades, y que hasta muestran el falso positivo de un hombre similar a Montag, esposado y metido en una celda.
Pero la realidad es otra: Montag pudo escapar. Empujado por el miedo o la esperanza, Montag logró cruzar un río donde los perros le perdieron el rastro, y siguió sin saber adónde iba, alejándose de la ciudad sumergida entre mentiras. Allí es cuando empieza la parte más bella del libro de Ray Bradbury. Nuestro héroe se encuentró con un grupo de personas que habían escapado de la alienación, de la prohibición de vivir y de pensar. Cada una de aquellas personas era la memoria viva de un libro que amaba. Uno era La muerte de Ivan Ilich, otro era El consuelo de la filosofía, otro más era una tragedia de Shakespeare. Montag decidió ser el Eclesiastés. Julio habría sido Las uvas de la ira.
Conté en otro lugar que Julio y yo nos conocimos en primero de primaria, que tuvimos vidas paralelas en el bachillerato y la universidad, que dejamos de vernos por casi veinte años hasta que volvimos a encontrarnos y me concedió el honor de ser parte de sus sueños. Volvimos a conocernos al final del viaje. Tuvimos oportunidad de mirar la vida en perspectiva. Me habló de la aventura tremenda de crear de la nada periódicos que iban a sobrevivirlo, que serían su manera de mantenerse vivo. Yo le hablé de mis libros, de mi manera obstinada de tratar de hacer lo mismo. Casi todas las veces que nos vimos me habló de Las uvas de la ira, la novela de Steinbeck, su libro preferido.
Yo lamentaba no poder acompañarlo en su entusiasmo, porque nunca había leído ese libro. Lo oía hablar de la muerte de los ancianos en la carretera, del cura tránsfuga, del convicto, de ese sueño colectivo transformado en pesadilla, y de la imagen sublime de una mujer que da leche de sus pechos a un hombre que agoniza de hambre. Ahora me pregunto si alguna vez Julio consiguió encontrar a alguien que amara tanto ese libro. Lo dudo y sé que no le importaba. Había decidido convertirse en una versión viviente del libro de Steinbeck y estaba dispuesto a contárselo a todo el que lo escuchara.
Cada vez que escribía una columna en Centrópolis o en Vivir en El Poblado pensaba que al otro extremo de lo escrito estaba Julio y eso me bastaba y me sobraba. Con lectores como él un escritor no necesita multitudes. Me costará admitir que ahora me lee de otro modo. Pero, cualquiera que sea el modo como lleguen hasta él estas palabras, quiero que sepa que mi forma de rendirle un homenaje a esa vida bien vivida que es su vida será abrir esa novela y releerla prestándole mis ojos. Ahora mismo la sequía se apodera de los campos de Oklahoma.

Oneonta (Nueva York), marzo de 2010.
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