La vida de los otros

Por Adriana Mejía
Por Adriana Mejía / Etcétera / direccion@vivirenelpoblado.com

Me enteré de pormenores que no me importan, como no sea para comprobar que todos –santos y demonios- estamos amasados con grandezas y miserias que nos hacen más humanos.

Recordé La vida de los otros mientras leía Lo que fue presente, diarios de Héctor Abad Faciolince, 1985 – 2006. (Alfaguara, 2019).

Durante una semana típica de enero en el campo: cielo azul, vacas curiosas y ganas de no hacer nada, a la hora en que los vacacionistas duermen la siesta, con la disciplina del espía alemán, Gerd Wiesler, me dedicaba a rastrear la vida de otros.

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Devoré las 600 páginas del libro, podrían ser cincuenta menos. A ratos admiraba la humildad del escritor; a ratos pensaba que era soberbia; a ratos me avergonzaba de husmear donde no debía; a ratos tomé partido. Me atrapó su escritura, aunque no fue fácil nuestra relación. Tardé en descubrir la razón, diarios y correspondencias cruzadas me fascinan, para mí son la fuente primigenia de cualquier proceso creativo.

Era la cercanía. Conozco al protagonista y a varios de los actores y actrices de reparto, aún con los nombres cambiados. Y me enteré de pormenores que no me importan, como no sea para comprobar que todos –santos y demonios- estamos amasados con grandezas y miserias que nos hacen más humanos. Solo que algunas venden y, como en este caso, llevan al éxtasis a los editores.

De los lectores que tendrá el libro, habrá quienes lo harán por morbo, material no les va a faltar. Pero se van a perder de lo que subyace a tantos amores y desamores que es lo que en realidad importa y hace de Lo que fue…, una novela para no dejar pasar. Hablo de dudas, angustias, observaciones, descripciones, reflexiones de esas que uno comparte con algo de malhumor por no haberlas sabido expresar con la claridad de Abad Faciolince. (De Proust, de Flaubert, de… Sin comparar, por supuesto). Hasta que hizo lo que tenía que hacer: El olvido que seremos.

ETCÉTERA: Me hubiera gustado escribir, entre otros, estos párrafos: “Hacer de la escritura un arte erótico. No escribir sobre sexo, sino hacer el amor con las palabras. Reemplazar todas las derrotas de la realidad por triunfos de frases que nadie lee. Pero que te dan un fuego secreto, interior, que los más sensibles alcanzan a ver como un reflejo, como un aura”. (P. 73, enero 1988). “El dolor, en cuanto al dolor, es una forma de mirar para adentro; un acto de recogimiento, un examen de conciencia que aprecio. El dolor es un diario” (P. 122, febrero 1990). “La vida interior no es una vida ejemplar. Allí ocurre todo lo malo y todo lo bueno que no pasa en la vida exterior, en la vida de los hechos”. (P. 134, marzo 1990). “El intelectual en el poder deja de serlo. Deja el pensamiento crítico para asumir el de la construcción o el de la conservación. El único lugar donde el intelectual sigue fiel a sí mismo es en una perenne y feroz oposición al poder”. (P. 154, enero 1991). “El escritor lucha contra la muerte. Todo artista lucha contra la muerte; grita: miren, esto es la vida, yo también la vi, la sentí”. (P. 225, diciembre 1993). “No acepto el dedo índice de nadie: ni el del libertario que advierte mis cadenas, ni el del conservador atrabiliario que ve en lo que hago un camino de perdición. Me pierdo en el abrazo de lo que quiero”. (P.322, febrero 1996). No sé si el Héctor modelo 20/20, sigue pensando lo mismo. Ojalá. (Y sí, tenés razón, los gafufos sin gafas somos como monjas empelotas).

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