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La realidad que supera la ficción

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Hoy se hace necesario recuperar el importante valor de la prudencia, que, como reza la novena de aguinaldos, “hace verdaderos sabios”

/ Bernardo Gómez

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Tradicionalmente en los hogares se ha exaltado el valor de la prudencia, de lo importante de no contar la vida privada. Es muy posible que siendo niños hayamos sido castigados severamente por no tener la capacidad de callar algunas de las intimidades familiares. Con el auge de las afamadas redes sociales y los medios de comunicación, este valor de la prudencia parece esfumarse. La publicación de la vida privada está al orden del día, como lo afirma Bauman: “En el corazón de las redes sociales está el intercambio de información personal. Los usuarios están felices de poder revelar detalles íntimos de sus vidas íntimas, de dejar asentada información verdadera e intercambiar fotografías”.

Somos una sociedad inmadura que no posee el discernimiento necesario para distinguir qué es pertinente hacer público y qué se debe reservar, por prudencia. Esto es el resultado del mercado que reduce al hombre a un objeto que se vende a sí mismo. El ser humano es empujado a promocionarse como un producto deseable y atractivo, haciendo todo lo que esté a su alcance para acrecentar el interés de los demás por él. Como estrategia proporciona y publica su intimidad.

Ser invisible es sinónimo de muerte; estar vigente, dar de qué hablar se convierte en absoluto. Se genera la fantasía de ser famoso y el ideal de no ser anónimo, de ser un objeto admirado, deseado y codiciado, algo sobre lo que todos comentan y que es diferente a los demás.

Otro ejemplo de esta tendencia es el auge televisivo de los reality shows, donde definitivamente la realidad supera la ficción. Los grandes canales de televisión promueven estos concursos a los que se presentan miles de personas con el único afán de alcanzar un instante de fama. Cuando por fin se ha hecho la selección, llega el momento que todos esperan: la vida íntima de los participantes pasa a ser propiedad del canal, sus lágrimas, rabias y amoríos se televisan durante las veinticuatro horas del día para convertirse en un jugoso producto masivo de consumo, donde el canal, generosamente, permite al televidente participar y opinar, pagando el minuto o fracción a una módica suma.

Se ve con mayor nitidez que lo íntimo pasa fácilmente a ser público, cuando el hombre contemporáneo, en el afán desmedido de ser reconocido, de alcanzar la fama, sacrifica su intimidad y la divulga en detrimento de su dignidad y en contravía de sus valores fundamentales. Hoy se hace necesario recuperar el importante valor de la prudencia, que, como reza la novena de aguinaldos, “hace verdaderos sabios” y nos preserva de caer en la trampa de ser objetos de consumo.
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