Diciembre tiene algo de cierre contable emocional. Normalmente, tenemos la cultura de revisar el año que termina como si fuéramos un estado de resultados, donde analizamos qué logramos, qué quedó pendiente, o qué ni siquiera intentamos. Entre novenas y despedidas de oficina aparece el ritual más repetido de todos: las promesas de año nuevo.
Lea más columnas de Tomás Ríos acá >>
Ahora sí voy a leer más, comer mejor, gastar menos, hacer ejercicio, emprender, renunciar a lo que no me suma, dormir ocho horas. Cada diciembre armamos una especie de plan estratégico personal, casi siempre a punta de frases bonitas y buena intención. El problema no es la promesa, es su permanencia en el tiempo.
Un estudio clásico de la Universidad de Scranton se volvió famoso porque mostró un dato incómodo, solo alrededor del 8 % de las personas cumple sus promesas de año nuevo. Es decir, 92 % de nosotros se queda a mitad de camino. No por falta de deseos, sino por falta de sistema.
Lea: La cultura de crear con lo que hay
En las empresas entendimos hace rato que lo que no se mide no se gestiona. Hablamos de KPIs, tableros, metas, seguimiento. Nos obsesiona la sostenibilidad financiera, la ambiental, la reputacional. Pero, cuando miramos la vida personal solemos operar al revés, prometemos sin método, nos exigimos sin medirnos, nos agotamos sin darnos cuenta de qué estamos sacrificando.
¿Cómo cerrarías este año si tu vida fuera un KPI?
Lee también: Cultura: el arte de construir equipos de alto rendimiento
No me refiero solo a ingresos o logros visibles, son esos otros indicadores que dicen más sobre la sostenibilidad de nuestra propia vida, como el número de horas reales de sueño reparador al día, tiempo de calidad con las personas que quieres, momentos de foco profundo sin distracciones, minutos al día para cuidar tu cuerpo y tu energía en algo que te guste bastante.
Si estos fueran tus indicadores, ¿cuántos te cumpliste en 2025?
La sostenibilidad empresarial no se puede expandir quemando la base, no puedes construir valor a largo plazo si agotas a tu equipo, dañas el entorno o sacrificas siempre lo importante por lo urgente.
Lea también: Lo que pasa en Medellín, no se queda en Medellín
Con la vida pasa lo mismo, no hay proyecto, empresa ni carrera que aguante a quien vive permanentemente en déficit de energía, tiempo o propósito. Por eso, más que hablar de propósitos de año nuevo, quizá deberíamos hablar de sistemas de año nuevo. Por ejemplo, los sistemas dependen de método. Una cosa es decir “voy a leer más”, y otra es decidir que todos los días, antes de prender el celular, vas a leer diez páginas.
Quedan menos de treinta días. No son suficientes para reinventarte por completo, pero sí para hacer algo distinto. Puedes cerrar diciembre como un mes de consumo y cansancio acumulado, o convertirlo en un laboratorio pequeño de cambio, probar un hábito, poner en pausa una dinámica que te drena, decir NO para cuidar un SI que importa.
Únase aquí a nuestro canal de WhatsApp y reciba toda la información de El Poblado y Medellín >>
Tal vez, el verdadero propósito de fin de año no sea potenciar la cultura de prometer más cosas, sino de hacer algo distinto, como construir una cultura personal, donde lo que dices que es importante de verdad se note en tu agenda, en tu energía y en la forma en la que habitas el mundo.





