Una casa suspendida en el aire por una grúa en plena plazoleta de la Basílica de Nuestra Señora de Lourdes, deja ver sus raíces. A BOG25 la atraviesa una pregunta compleja e inagotable: “¿Es usted feliz?” Si bien pareciera que esta gran intervención y activación artística es exclusiva de Bogotá, esta cuestión filosófica, existencial y contemporánea se irradia por todo el país.
En la capital colombiana, el arte quiere dar algunas respuestas, pero al recorrer la bienal, comprendemos que cada obra nos deja más inquietudes que certezas. ¿Somos realmente felices en nuestras ciudades?
En septiembre se inauguró la primera Bienal Internacional de Arte y Ciudad en Bogotá. BOG25 invita a mirar con calidez una Bogotá que es una obra de arte en sí misma: la ciudad, sus calles, sus plazas, sus parques, sus flujos, su historia y sus transformaciones. Desde el corazón de la bienal se han propuesto una serie de Ensayos sobre la felicidad urbana, donde se explora cómo el arte puede operar en la ciudad para producir bienestar, ocio y placer.
Mientras Bogotá se pregunta por la felicidad, en Medellín reflexionamos sobre la libertad. Sincronizadas, este mes se inaugura también la BIAM (Bienal Internacional de Arte de Antioquia y Medellín), que se esparce por algunas subregiones de Antioquia logrando un ejercicio de redistribución estética que abre la posibilidad de que el arte urbano no quede solo en lo céntrico y las comunidades rurales puedan acceder no solo al arte, sino a encuentros y conversaciones contemporáneas. ¿El principal desafío? Lograr una coherencia y cohesión curatorial a lo largo del departamento y en las diferentes sedes para que las conversaciones que tengamos puedan ser un puente entre Medellín y su periferia y no una grieta.
Ambas bienales, creo, tensionan concepciones del espacio público y hegemónico al insertar obras que cuestionan la memoria, exclusiones urbanas, desigualdades territoriales, entre otros puntos álgidos de nuestro tiempo. El arte nos incomoda, nos provoca, nos sacude y nos saca de un ritmo conocido y automatizado como habitantes de las ciudades. El arte, en su propósito más puro, nos permite construir una reflexión colectiva y tener experiencias cruzadas. ¿Estamos listos para esto? ¿Qué pasa cuando la ciudad se convierte en soporte artístico y los ciudadanos en espectadores accidentales?
Las bienales de Bogotá y Medellín/Antioquia resignifican el espacio público como territorio de arte, poética, memoria y disenso. El arte se mezcla con la movilidad, con el afán, con el ruido, con el clima. De cada uno de nosotros dependerá vivir estos meses la urbe de una forma diferente, no solo mirando a través de una vitrina con bellos objetos, sino reconociendo la pertinencia de cada reflexión sobre la vida urbana que nos cuestiona cómo habitamos, qué memoria priorizamos, qué cuerpos ocupan el espacio público.
Cuando la ciudad se vuelve obra, nos recuerda que el espacio público no es neutral; es el lugar natural donde se negocia la libertad y el futuro colectivo.





