No hay que ser el más grande para ser el mejor. En esa frase cabe José Manuel Arango, poeta carmelitano que, a pesar de haber escrito una obra considerada por muchos corta, logró arrancarnos suspiros y pegarnos varios tiros al corazón.
Abrazada a sus poemas aprendí a amar las montañas, a extrañar a mi padre, a reconocer en Medellín una ciudad misteriosa, a alargar las noches y a agradecer el aire. José Manuel fue y es, sin duda alguna, uno de los poetas más importantes de Colombia.
Luego de una conversación corta y rápida con un colega periodista, he pasado varios días pensando en la obra de este hombre que desafió la idea de una poesía llena de ornamentos y sentimentalismos. Que fue capaz de pensar en la naturaleza, en los amantes, en la noche y en la tierra. En la extrañeza que todo lo hiere, en los pájaros y las calles solitarias. Un poeta que, 24 años después de su muerte, pareciera que nos hablara en el presente:
“Hay gentes que llegan pisando duro / que gritan y ordenan / que se sienten en este mundo como en su casa. Gentes que todo lo consideran suyo / que quiebran y arrancan / que ni siquiera agradecen el aire. Y no les duele un hueso no dudan / ni sienten un temor van erguidos / y hasta se tutean con la muerte / Yo no sé francamente cómo hacen / cómo no entienden”.
A los años que cobijan su muerte los viste una suerte de ingratitud. Preguntar por José Manuel Arango y su poesía resulta una suerte de lotería aún entre lectores, aún entre habitantes del Oriente antioqueño. ¿Qué tenemos que hacer para que nuestros moradores conozcan y lean a los autores que han nacido en nuestros territorios? ¿Cómo logramos, juntos, tejer un mapa literario de nuestra región? ¿En dónde podemos encontrar sus libros y hacer una pequeña biblioteca? ¿Quién se atreve a editarlos? Estoy segura de que José Manuel no es el único amenazado con habitar algún día los confines del olvido.
Si se viene a El Carmen vale la pena perseguir los vestigios que quedan de su vida, son pocos, un par de libros en la biblioteca municipal, una estatua afuera del Instituto de Cultura, algunos poemas escritos en las paredes de hoteles y de restaurantes. Sin embargo, la mejor forma de recordar un poeta es leerlo.
Propaguemos juntos la noticia del periódico de ayer que narra la vida de José Manuel. No el político, sino el poeta, el profesor, el filósofo, el traductor, el ensayista que fue capaz de ponernos a pensar, a sentir y a disfrutar del símbolo, ese hermoso universo que todo lo puede.
Si no han leído a José Manuel, busquen su nombre en Google, asegúrense de poner su apellido y conozcan a uno de los escritores más poderosos que nos ha regalado el Oriente. Les aseguro que, de ese vicio, jamás podrán escapar.
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