Comenzaba apenas el primer año de mandato de los gobernadores y alcaldes que se posesionaron el primero de enero de 2020, cuando una noticia que se originó en China recorrió el planeta para explotar encima de sus escritorios: una enfermedad infecciosa respiratoria aguda conocida como Covid 19, obligaba a la declaratoria de pandemia y con ella, a medidas tan excepcionales como el aislamiento social.
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Lo que vino después, los tapabocas, el encierro, la crisis económica, el estudio o el trabajo virtual, el fallecimiento de millones de personas a lo largo y ancho del planeta, son historias que lleva tatuadas en su memoria la humanidad.
¿Cómo fue gobernar en esos años difíciles en los que el sistema de salud estuvo al borde del colapso? ¿Qué tan preparados o no estaban los líderes políticos para enfrentar una situación tan crítica? ¿Han mejorado los sistemas de atención y prevención de riesgos? ¿Qué tan fácil o difícil será para los gobernantes de hoy liderar en medio de una nueva emergencia?
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Estas cuestiones no son retóricas. Pasó apenas un fin de semana desde su posesión como nuevo presidente de la república, cuando Abelardo de La Espriella se vio confrontado con un reto inimaginable en medio de la expectativa que generó su elección: el terremoto de 7,4 de magnitud, cuya fuerza destructiva alcanzó varios departamentos del sur del país.
Hoy, como hace seis años cuando llegó la pandemia, las prioridades han cambiado. El país se ha volcado de manera solidaria a trabajar en pro de las poblaciones afectadas y de sus habitantes. Desde el Gobierno nacional se ha ido trazando el camino y, aunque falta mucho por andar, las acciones que buscan superar la tragedia no han dejado de suceder, de la mano de todos los actores sociales.
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Pero, así como la solidaridad y el trabajo mancomunado no paran de crecer en favor de los damnificados por el terremoto, igualmente aumentan los riesgos por otro fenómeno natural que hace notar su fuerza en la disminución de los caudales de los ríos.
La variación climática conocida como El Niño mostrará su peor rosto justo al comienzo del último año de mandato de los gobernadores y alcaldes del país. En el Oriente antioqueño se han activado todas las alertas, no solo por la escasez de agua que comienza a evidenciarse, sino porque a la par con el aumento de las temperaturas y muchas veces ocasionados por manos criminales, aparecen los incendios.
El reto para los gobernantes, en el ocaso de sus mandatos, será no solo atender la emergencia y superarla, sino desarrollar acciones de prevención que mitiguen los impactos futuros de este fenómeno cíclico. Será, al fin de cuentas, hallar la manera de hacer lo mejor para gobernar en tiempos difíciles.




