El fenómeno de El Niño ya está aquí y su llegada no es ningún juego. Según los más recientes informes de XM, la empresa responsable de coordinar la operación del sistema eléctrico colombiano, con corte al 15 de octubre los aportes hídricos se ubicaron en apenas el 60,46 % de la media histórica para esta época del año. Al mismo tiempo, la demanda de energía continúa creciendo. En septiembre alcanzó un máximo histórico diario de 266,56 GWh y, en lo corrido de octubre, registraba un crecimiento del 4,4 % frente al mismo periodo del año anterior. Con estos elementos, no es exagerado decir que se nos está juntando el hambre con la necesidad.
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El problema no es únicamente cuánto llueva en los próximos meses. El verdadero desafío es qué tan preparados estamos para administrar lo que tenemos cuando el agua escasea y la demanda aumenta.
A esta coyuntura climática hay que sumar las dificultades de abastecimiento de gas que enfrenta el país. La producción nacional viene disminuyendo y Colombia ha tenido que recurrir cada vez más a las importaciones, que ya representaban el 34 % del suministro total en agosto de 2026. Esto tiene consecuencias sobre los costos y la competitividad de los hogares y las empresas. Y, como si fuera poco, los recursos que necesitamos para garantizar servicios esenciales también son fundamentales para producir energía. Necesitamos agua para beber y gas para cocinar, pero también dependemos de ellos para generar electricidad y sostener buena parte de nuestra actividad económica.
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Frente a esta difícil coyuntura, el IDEAM ya declaró oficialmente el fenómeno de El Niño y estima en un 83 % la probabilidad de que mantenga una intensidad fuerte a muy fuerte hasta el primer trimestre de 2027. Las medidas de preparación empiezan a sentirse, aunque quizá no sean suficientes. En Medellín, por ejemplo, fue necesario recurrir a interrupciones programadas del servicio de acueducto para proteger las reservas de agua. Aunque estas medidas se suspendieron temporalmente a finales de octubre, las condiciones siguen exigiendo prudencia. No se trata únicamente de la falta de lluvias, sino de sus efectos sobre un sistema de abastecimiento que también depende de embalses y fuentes hídricas sometidos a múltiples demandas.
Y, sin embargo, frente a circunstancias que parecen superarnos, la participación ciudadana es una de las herramientas más efectivas para reducir los impactos de esta situación. Cuidar el agua y la energía en nuestros hogares y empresas, por pequeño que parezca el aporte individual, puede hacer una diferencia colectiva. No podemos esperar que toda la respuesta provenga de las instituciones o de las empresas prestadoras de servicios públicos.
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La gestión de recursos escasos también empieza por nuestras decisiones cotidianas.
Los mayores picos de demanda eléctrica del país coinciden con nuestras rutinas. Se presentan especialmente entre las seis y las nueve de la noche, cuando regresamos a casa, encendemos los electrodomésticos y concentramos buena parte de nuestras actividades. La clave no está solamente en ahorrar energía, sino también en desplazar los consumos que puedan programarse hacia horarios de menor demanda. Cargar un vehículo eléctrico, utilizar lavadoras o secadoras fuera de las horas pico son acciones sencillas que, sumadas, pueden contribuir a aliviar la presión sobre el sistema.
Cada kilovatio ahorrado cuenta, y cada consumo que logramos desplazar también.
Por supuesto, debemos prepararnos para los próximos fenómenos de El Niño. Colombia y sus ciudades necesitan fortalecer su resiliencia energética y facilitar el desarrollo oportuno de nueva infraestructura. Medellín puede avanzar mediante fuentes renovables distribuidas, sistemas de almacenamiento y edificios e industrias más sostenibles, promovidos también desde el Plan de Ordenamiento Territorial. No se trata de sustituir unas tecnologías por otras, sino de complementarlas para reducir nuestra vulnerabilidad frente al cambio climático y la presión sobre el recurso hídrico.
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Ojalá la incomodidad de esta época se convierta en una oportunidad para aprender, tomar mejores decisiones y prepararnos para los desafíos que vendrán. Los próximos fenómenos de El Niño llegarán, pero no tenemos por qué enfrentarlos con las mismas vulnerabilidades. Podemos construir ciudades más resilientes, fortalecer nuestra infraestructura y desarrollar una relación más consciente con los recursos que hacen posible nuestra vida en sociedad.
Que esta experiencia no solo nos enseñe a superar una crisis, sino que nos permita construir un territorio más sostenible y una mejor calidad de vida para todos.




