Mucho se nos ha enseñado que la vida no debe vivirse a medias. Que cada día hay que exprimirlo al máximo. Que la felicidad debe estar por encima de todo. Que uno debe priorizarse, no entre los demás, sino incluso a pesar de ellos.
Que “la vida es un ratico” y, por tanto, no conviene amarrarse a nada.
Y aunque pocas cosas sean más efímeras que nuestro paso por la Tierra, vale la pena detenerse a revisar esas certezas. Sobre todo, si usted pertenece a quienes todavía creen que los otros —y no solo los suyos— también valen la pena; que convivir bien tiene algún mérito y que, fuera de nosotros mismos, todavía hay más oportunidades que miedos por descubrir.
La confianza, quizá el mayor patrimonio social y reputacional de una persona o de una comunidad, nace precisamente allí. En la vulnerabilidad. En el reconocimiento del otro. En la disposición de dar antes de recibir. En la capacidad de descubrir valor fuera del propio ego. Comprender que lo bueno también habita en los demás no disminuye lo que somos. Al contrario, nos amplía.
Hace poco tuve la fortuna de encontrar el podcast del Instituto de Filosofía de la Universidad de Antioquia. Es un espacio para escuchar sin afán y conversar con personas que incluso ya no están entre nosotros, pero que siguen hablando a través de sus ideas. Allí descubrí el poema Uno es algo, de Helí Ramírez, un poeta de Castilla cuya voz sigue habitando Medellín. En uno de sus versos escribe una frase de una sencillez desarmante.
“Es imposible no ser algo. Uno es algo”.
Uno es un convicto de sus ideas. Un profesor de novedades. Un espectador de la vida ajena y un testigo distraído de la propia. Un remedo de lo que quiso de niño. Un padre o madre ejemplar. Un hazmerreír con credenciales. Un héroe para quienes más lo necesitan. Un esclavo de prejuicios o un hombre o una mujer que aprende, poco a poco, a liberarse de ellos. Un obstinado creyente. Un pequeño más. Un joven. Un viejo. Un puente y la escalera. La esperanza. El tropiezo. El amigo, el contradictor, el amante, el hermano o la hermana. El jefe, el obrero, el código o el uniforme. Uno siempre es algo.
Más adelante, Helí escribe otra frase para recordar:
“…Que somos nada, mal me huele esa idea”.
A mí también me huele mal esa idea, y también el culto hedónico de la vida al máximo. Desconfiando de esa invitación, empiezo a sentirme más cómodo con la idea —aparentemente menos seductora— de vivir, a veces —quizá por conveniencia—, a medias.
A medios odios, que permitan no incubar ni enconarse con amargura la existencia. A medias entre extremos, certezas y dudas, para no dejar de reconocer al otro como un igual. A medias entre el oficio de servir y producir, y el de disfrutar y descansar. A medias entre el hablar y el escuchar. No como renuncia, sino como una forma de mantener abierta la posibilidad del encuentro y del asombro.
Qué bueno que uno siempre sea algo. Qué bueno que ese algo no tenga que permanecer intacto toda la vida. Qué bueno que las convicciones admitan conversación, que la incertidumbre conserve un lugar digno y que la duda no sea vista como una derrota. Qué bueno que puedan abrazarse la perplejidad y el contraste.
Quizá la vida no siempre deba vivirse al máximo. Muchas veces debe vivirse con medida, con apertura, con duda y con disposición al encuentro. Quizá, como diría Helí, con absoluta certeza “que uno siempre es algo”; convenga afirmar sobre la vida, con absoluta certeza que hay que aprender a vivirla, de vez en cuando, a medias.




