El Fenómeno de El Niño vuelve a despertar preocupación. Cada vez que se aproxima, el país revive la conversación sobre la posibilidad de racionamientos y la vulnerabilidad del sistema eléctrico. En Medellín, como ciudad, sin embargo, solemos mirar este problema como algo “ajeno” a la planeación urbana, asociado a ingenieros electricistas, a las grandes centrales hidroeléctricas o a las decisiones del sistema interconectado nacional. Pero una ciudad como la nuestra depende de la energía para casi todo lo que permite funcionar a una sociedad moderna. El agua que llega a los hogares por sistemas de bombeo, el transporte, los hospitales, las telecomunicaciones, la industria, la educación, el comercio y nuestra economía digital requieren un suministro eléctrico confiable.
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La vulnerabilidad de Medellín frente a El Niño tampoco se limita a la generación. Los eventos climáticos extremos pueden afectar redes de transmisión y distribución, provocar incendios forestales, aumentar las temperaturas y elevar la demanda de electricidad precisamente cuando las condiciones del sistema son más exigentes. Una ciudad resiliente no puede limitarse a esperar que la energía llegue. Debe preguntarse qué tan preparada está su infraestructura crítica para responder cuando las condiciones normales dejan de existir.
En este escenario, Medellín tiene una ventaja institucional que pocas ciudades poseen. EPM integra capacidades en generación, distribución de energía y servicios públicos esenciales, lo que le permite pensar la resiliencia de manera sistémica. La empresa puede desempeñar un papel decisivo en la expansión de la medición inteligente, la gestión de la demanda y el desarrollo de soluciones como generación solar distribuida, almacenamiento y microredes para instalaciones críticas. Miles de usuarios podrían ajustar voluntariamente su consumo durante los momentos de mayor presión sobre el sistema. Cada megavatio que deja de consumirse en el instante adecuado puede ser tan valioso como uno nuevo que entra en operación.
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Pero la discusión no debería limitarse a cómo superar el próximo episodio de El Niño. Medellín necesita pensar qué sistema energético requiere una ciudad que será cada vez más electrificada -en Colombia solo el 17% de la energía total consumida es eléctrica, mientras que el resto proviene de energías fósiles-, digital y dependiente de infraestructura crítica. La electrificación del transporte, la expansión de los centros de datos, la industria, los edificios y nuevos servicios urbanos aumentarán la importancia de contar con energía abundante, confiable y sostenible. La energía dejó de ser simplemente un servicio público. Es una condición de posibilidad del desarrollo y vida urbana.
Esto exige también una mirada distinta sobre la infraestructura. Durante años hemos dado por sentada la disponibilidad de la energía en la planeación urbana y poco se ha discutido cuánto cuesta construir una subestación, una línea o una planta de generación para garantizar resiliencia en casos críticos. Con mucha menos frecuencia calculamos cuánto cuesta no construirla. En una ciudad, el kilovatio que falta no solo apaga una bombilla. Puede afectar un sistema de transporte, interrumpir una cadena de frío, detener procesos industriales, comprometer servicios hospitalarios o afectar las comunicaciones. La confiabilidad energética tiene, por tanto, un valor económico y social que muchas veces permanece invisible mientras todo funciona.
Medellín también debería aprovechar la transición energética para construir una ciudad más con fuentes de energía distribuidas, renovables y resilientes; y edificios e industrias más sostenibles, que podrían incentivarse en el Plan Ordenamiento Territorial. No se trata de sustituir unas tecnologías por otras, sino de complementar las capacidades existentes con fuentes menos expuestas a la variabilidad climática, almacenamiento y soluciones locales capaces de mantener servicios esenciales durante contingencias. La generación distribuida, las baterías y las redes inteligentes pueden convertirse en parte de una nueva arquitectura energética urbana, que también reduzca la presión sobre el recurso hídrico en momentos de escasez.
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Sin embargo, la resiliencia energética no depende únicamente de la tecnología. También requiere instituciones capaces de anticiparse, invertir oportunamente y coordinar decisiones que normalmente permanecen separadas. La planeación urbana, la gestión del riesgo, el agua, la movilidad, las telecomunicaciones y la energía forman parte de un mismo sistema. Pensarlos por separado puede hacer que cada institución optimice su propia responsabilidad mientras aumenta la vulnerabilidad del conjunto.
El Fenómeno de El Niño pasará, como siempre ha pasado. La pregunta para Medellín es qué haremos mientras pasa.
Podemos volver a hablar de la energía cuando aparezca la siguiente alerta o entender que la confiabilidad energética forma parte de la resiliencia de la ciudad. Una Medellín preparada para el futuro no será solamente la que tenga más infraestructura eléctrica sino la que haya aprendido a diseñarla como parte de un sistema urbano resiliente, capaz de resistir, adaptarse y seguir funcionando cuando las condiciones cambien, evitando afectaciones a la calidad de vida de las personas.





