El anuncio lo hace, obvio, la presentadora oficial del circo nacional, la excandidata presidencial —ahora presidenta de Semana y cruzada de Abelardo, a quien atacó sin tregua durante la campaña—, Vicky Dávila. (Tal como la política, el periodismo del poder también es dinámico). Y, en su afán de dar exclusivas, primicias, chivas decimos los periodistas, se anotó un punto. Sospecho que más por lo que guardó, “por respeto a los protagonistas y sus familias”, ¿Petro en cueros y en acción? —yo paso, gracias—, que por lo que publicó.
La entrevista a Deicy Jiménez, examiga con derechos del jaguar, último Aureliano, inolvidable en la cama, abrió la puerta de lo que era un rumor de pasillos: la jaula de las mariposas amarillas. Mujeres de carne y hueso que revoloteaban en los aposentos del sultán de vereda, quien durante su cuatrienio caótico pretendió conformar un harén a la altura de los más célebres del Imperio Otomano, el Antiguo Egipto, la India… A la altura de su ego planetario, quiero decir.
Sus delirios de sex symbol no tendrían por qué importarnos si no estuviera el país de por medio. Según la entrevistada, Petro Urrego hacía gala de sus dotes amatorias desde antes de llegar a la Casa de Nariño. De tiempo atrás —a ella la contactó siendo senador y, para demostrar que tiene el pene conectado con el cerebro, llamándose Foucault o Bukharin— había descubierto las cualidades afrodisíacas del poder; la manera de recompensar sus conquistas, también. No hablando de canjear deuda por alimentos, en términos geopolíticos, sino de canjear favores sexuales por contratos laborales. (Eso sin mencionar aquello que animaba los jolgorios, al decir de Jiménez: “Yo no solo le hacía los favores, también le compraba de la blanquita”). Ahí es cuando la sexualidad del ahora expresidente deja de ser un simple cotilleo y pasa a ser un asunto de interés público. De Estado, que es lo más delicado. (El erario alcahueteando la libido desatada y la adicción al café de su jefe, qué fuerte).
El nuevo director del Dapre corroboró lo dicho por Deicy: son más de cuarenta mujeres —algunas avionas entre las muchas víctimas, seguro— que fueron contratadas de manera irregular en distintas dependencias oficiales. ¿Por qué? ¿Para qué? Preguntas las que usted quiera. ¿Son esas las informaciones que guardan el ahora mudo Benedetti, la otrora poderosa Sarabia, la sorprendida María José Pizarro, la soprano Angie Rodríguez?
Si es verdad que las casas alquiladas eran para tratar temas de seguridad nacional, como asegura el abogado de Petro, ¿para qué la Casa de Nariño? ¿Tendrá que vomitar sobre sí mismo el amante latino —anda con náuseas, dicen—, tal como sentenció si se comprueba lo que niega?: “Hago lo que un revolucionario debe hacer: ayudar, entregarse al máximo y transformar la realidad”. (Vaya usted a saber lo que eso significa).
¿Quiénes eran las temibles sultanas que tejían los hilos del poder tras bambalinas? ¿A las feministas bravas del Cambio, adoratrices del galán, se les comieron la lengua los ratones?
Etcétera: Lo triste es que todo se va a quedar en blablablá porque, al correr un poco la línea ética —¿recuerdan al inefable Guanumen?—, el harén de nuestro sultán quedará convertido en un patronato para “ayudar a mujeres vulnerables”. (¡Lo que hay que ver!).
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