Por: Sandra Ochoa Betancur
Puedo decir que mi primer libro elegido —no impuesto por un profesor— fue La casa de los espíritus. Que desde entonces he tenido por hábito leer, para abrir la mente y, quizás, habitar otras vidas. Que, con los años, mi relación con la literatura no solo ha crecido, sino que se ha vuelto más íntima.
Podría decir también que tengo una amiga escritora y que, gracias a ella, he podido asomarme a ese límite difuso entre la vida y la ficción: descubrir qué parte de lo que se escribe pertenece al narrador y qué parte a quien escribe.
Pero nada de eso se compara con la posibilidad de conversar con un autor al que ya has leído, al que crees conocer desde sus páginas. Llegar a ese encuentro con Gilmer Mesa, por invitación de Vivir en El Poblado, después de haber habitado su escritura -una escritura tierna y cruel al mismo tiempo-, después de intentar descifrar su mirada del mundo a través de personajes profundamente humanos, donde nadie es del todo bueno ni del todo malo, ya era para mí, un privilegio.
Preparar la conversación con Gilmer Mesa me atravesó: tensión, ansiedad, emoción, pasión. A las 2:05 p. m. se conectó a Meet y empezó algo que terminó siendo mucho más que una entrevista. A ratos compartió mis interpretaciones; la mayoría de las veces, no. Pero incluso ahí fue generoso: me recordó que lo que uno lee también le pertenece a quien interpreta y que él no podía decirme cómo debía entender Los espantos de mamá, su más reciente libro.
La conversación fue derivando hacia Medellín como ciudad de inmigrantes: campesinos que, como su madre, llegaron huyendo de la violencia o buscando oportunidades, trayendo consigo una poderosa tradición oral. Gilmer habla de fondas, de caminos, de cocinas donde las madres contaban historias mientras se colaba el tinto. De barrios donde el campo sobrevivió dentro de la ciudad y donde las narraciones familiares siguieron siendo el núcleo de la vida cotidiana.
En Los espantos de mamá, esa oralidad se convierte en un contar que no descansa, que avanza sin pausas, casi claustrofóbico. Mesa lo nombra como “un descenso a los infiernos interiores, una espiral que no da tregua al lector”. La madre -personaje y narradora- no es idealizada: es ternura, sí, pero también silencio, rabia y renuncia. Como todos sus personajes, está atravesada por contradicciones y da la posibilidad de hacer una crítica directa a esas mamás que preferían “hacerse las bobas de lo que estaban haciendo, para no perder a sus hijos y justamente lo que ocurrió fue que los perdieron más prontamente”.
Al hablar y leer a Gilmer, la sensación es la de sentarse a escuchar una historia larga, como en las cocinas de antaño, donde la noche se alargaba sin que nadie mirara el reloj. Conversar con Gilmer Mesa es, en el fondo, abrir el catalejo con el que solemos mirarnos y permitir que entren otras vidas, otros barrios, otras voces. Y entender que, al final, también esas historias nos pertenecen.





