Es que con esa manía que tenemos los colombianos (los paisas) de querer emular lo que sea -bueno o malo-, somos competitivos al límite, ambiciosos hasta la codicia y obsesionados por ocupar los primeros puestos de cualquier lista. Seguimos las modas a rajatabla. En vestuario, relojes, carros, cortes de pelo, belleza de bisturí, vocabulario… Mjjj, vocabulario, ahí sí que nos “colocamos”. (Que sí, que también somos maravillosos).
Presumimos, incluso, de lo que no tenemos -el “Mar Medellín”, por ejemplo- e, incluso, de lo que nos perjudica -la leyenda de Pablo Escobar, por ejemplo-. Y de los visitantes que llegan cada vez en mayor número. Muchos, la mayoría, atraídos por los atractivos que la ciudad y
sus alrededores ofrecen; otros, por los aromas del sexo y la droga.
El asunto es que no sólo los primeros sirven de efectos multiplicadores, los segundos también. De ahí el crecimiento exponencial de las dos caras de esa moneda llamada turismo. Cómo mortifica la que se configura a costa de la dignidad humana. (Turismo delincuencial). Sobre todo, porque los paquetes ofertados suelen incluir abuso y explotación de mujeres vulnerables y, peor aún, de menores. (En la isla y en el parque). Vendedores y compradores de tales bajezas, llámense como se llamen: Jeffrey Epstein o Perico de los Palotes, aniquilan proyectos de vida que apenas comienzan; socavan la sociedad desde sus cimientos.
Volviendo a la pregunta inicial, y luego de haber visto algunas de las brutales imágenes de los archivos Epstein liberadas por el Departamento de Justicia de Estados Unidos -repletas de niñas (¡bebés!) indefensas tratadas como mercancía-, mi respuesta sería: en todo y en nada. El negocio es idéntico, la depravación es idéntica, la hipocresía es idéntica, pero allá la red de proxenetas era tejida por arañas de grandes ligas: dirigentes universitarios, agentes de modelos, reconocidos empresarios, editores de revistas, fotógrafos de celebridades… Y la de clientes, por expresidentes, primeros ministros, filósofos, cineastas, príncipes y princesas… (Aquí el negocio es a la criolla).
Es ese aparente glamur para delinquir el que marca la diferencia -en la isla se movían sinvergüenzas tipo expríncipe Andrés de Inglaterra, en el parque, tipo matón de barrio así hablen en inglés-, incluso para hacer cumplir la ley. (En predios del rey dinero, los delitos son negociables). Incluso para la desclasificación de los archivos; mientras a la mayoría de los depredadores les tapan los nombres -se les encubre-, a la mayoría de las víctimas -compatriotas entre ellas- se les revictimiza al publicar sus datos con lujo de detalles.
Así que, para terminar, la Isla Epstein y el Parque Lleras, son el mismo perro con distinta guasca, según la sabiduría quechua.
ETCÉTERA: Si bien no todos los que aparecen en la lista Epstein -algún compatriota entre ellos- son delincuentes, todos sí tienen que dar explicaciones de por qué aparecen allí.





