Las músicas autóctonas nacieron en el contexto de sus pueblos. Aduciendo, por ejemplo, a los tambores en las costas. Luego, con los marinos que trajeron acordeones o con las flautas indígenas y los instrumentos de cuerdas que llegaron de España, y aquí se aclimataron con ritmos de allá y sentires de aquí. Y, lo mismo pasa con el flamenco, el jazz o el tango. Todos nacieron por un por qué. Y esa razón sirvió para darles una identidad, una personalidad ante el mundo, que las hicieron únicas.
Lea más columnas de Juan Carlos Mazo aquí.
Sin embargo, llegan los años y otras realidades que provocan su transformación. Del tango de guitarras en los 30 llegan las orquestas de los 50, y más adelante Piazzola a desbaratar todo el tablero en los 60, y luego llegaron con el tango electrónico, y del vallenato de los juglares llegamos en los 90 a Carlos Vives para hacerse global, y del flamenco de Camarón de la Isla pasamos a Ketama, y del bolero de Los Panchos a Luis Miguel, del ragtime -género musical estadounidense- hecho por pequeños grupos de músicos retirados de bandas de guerra pasamos a las big band y todas esas músicas se revitalizaron, tomaron un segundo aire; para algunos se modernizaron, para otros se pusieron en contexto, llegaron a creadores y a oyentes nuevos lo que dio como resultado un espectro sonoro en el que esas mezclas tan raras en su momento hoy suenan totalmente normales.
Eso hace años no pasaba, al que le gustaba el bolero no admitía que se lo cambiaran fusionado con pop, lo mismo al bambuquero o al tanguero. A Piazzolla le llegaron a pegar al pisar el aeropuerto de Buenos Aires porque estaba acabando con el tango y hoy está en la cumbre al lado de Gardel. A Juancho Valencia lo llegaron a criticar en el Mono Núñez cuando quiso hacer algo disruptivo.
Le puede interesar: El atafago de los conciertos sinfónicos
La fusión es lo que permite el diálogo, la evolución, el cambio, la reinterpretación. Es pararse en la historia y proponer desde una nueva realidad. La forma de sentir cambia. Antes eran transformaciones que se tomaban siglos (la música del siglo XVII, XVII, XIX), luego décadas (la música de los 50, de los 60, de los 80), hoy es de semanas y no podemos permitirnos el lujo de guardar nuestras músicas en una estantería de armario como se interpretaron hace 50 y 70 años.
Muchos de los festivales de la música andina colombiana se quedaron en eso, en defender el pasado sin dar acceso al presente. La evolución que tiene la música venezolana por cuenta de su permeabilidad con otros mundos sonoros es increíble, desde el Grupo Raíces, pasando por Óptimus, el Ensamble Gurrufío hasta propuestas como las de Compasses, jazzistas como Alfredo Naranjo o propuestas en la salsa tan evolucionadas como las de Guaco.
También lea: Quebrados pero contentos
De nuestras músicas la más reacia a juntarse con otras es la andina. La cumbia está bien de salud y todo el continente se apropió de ella, desde Argentina hasta Estados Unidos; en el vallenato, Carlos Vives se encargó de ponerlo en el pentagrama mundial, la música llanera tiene ejemplos como Cimarrón y referentes al otro lado de la frontera; pero a la música andina, apenas se le ven algunos intentos por modernizarla, por unirla con el jazz o la electrónica. El discurso cambió y una camada de compositores se encargaron de llenarla de un nuevo repertorio, pero en lo musical, son intentos un tanto temerosos porque los puristas dicen que se pierde la esencia, cuando para eso ya están Garzón y Collazos, el Dueto de Antaño, Obdulio y Julián o Los Tolimenses.
A la música andina le falta un Carlos Vives, le falta un Gustavo Santaolalla, un Emilio Stefan, un Kike Santander que sin pudor la unan con los sonidos de hoy; quienes tengan el suficiente amor por la tierra, pero también un olfato para llegar a las nuevas audiencias, porque se renovaron los músicos en el escenario, pero desafortunadamente no así el público ávido por escucharlos. Entonces, se crea el dilema:
¿Se sigue haciendo música para “viejitos” o se da el salto para hacer el puente con los más jóvenes?
Como dice el Chapulín Colorado el que tenga la respuesta que tire la primera piedra.





