Por: Alejandra Ríos Ramírez, directora del área políticas y desarrollo, Escuela de Finanzas, economía y gobierno, Universidad EAFIT.
Cada vez que llegan las elecciones, el ambiente social y político toma carices distintos a los que se viven fuera del período electoral. Las calles se inundan de campañas, los medios abren aún más sus puertas al debate sobre el futuro del país, y las redes sociales se convierten en plataforma para la exacerbación de las emociones. En cada época electoral se descorre el telón y la puesta en escena de lo que somos como sociedad se abre paso en el escenario público. Lo que aparece deja ver tanto nuestras luces como nuestras sombras.
La llamada polarización es especialmente evidente en estos momentos; pero no olvidemos que la polarización hace parte de la política. Si entendemos bien el término, con la oferta electoral vienen ideas de nación, de país y de futuro político, las más de las veces opuestas entre sí. Y eso es precisamente en lo que consiste la competencia política: en poner sobre la mesa las diversas concepciones sobre lo que cada grupo social, partido, movimiento o asociación cree que es el mejor modelo de gobierno, el que vive en su cotidianidad y anhela como ideal de un mundo mejor. La polarización —la situación en que las ideas sobre cómo debemos vivir juntos se enfrentan en el debate político— es la más natural de las experiencias democráticas.
Sin embargo, el principal problema con la polarización surge cuando confundimos la diferencia entre ideales políticos con la total extrañeza del otro, cuando creemos que quien piensa diferente, en lugar de ser un contrincante, es un enemigo al que hay que desterrar del escenario deliberativo. La polarización es fecunda; la radicalidad y el extremismo son lo contrario: estériles y áridos. ¿Cómo creer que la vida política puede ser vivida con entusiasmo cuando lo que existe como opción es una idea única sobre lo mejor? Decía Aristóteles que el mundo de los asuntos humanos es lo que siempre puede ser de otro modo, lo que siempre puede ser construido bajo múltiples perspectivas de sentido.
Por lo anterior, cuando acudimos a las urnas llegamos con un mundo que ya ha moldeado nuestras preferencias políticas, y el mundo es variado. La dificultad radica, en primer lugar, en que el momento del voto requiere que esa variedad sea traducida en una marca en el tarjetón: la democracia nos pide que traduzcamos convicciones complejas en un solo gesto. En segundo lugar, la democracia exige que votemos con conciencia y no movidos por emociones destructivas, como el deseo de derrotar y doblegar a otros. Quizás esta sea una de las mayores exigencias de la democracia, y de la que menos se habla. La democracia electoral es una contienda, no un campo de batalla ni un acontecimiento bélico.
Quienes gobiernan heredan presupuestos comprometidos, acuerdos internacionales, inercias institucionales y crisis imprevistas. Por ello, no podemos acudir a las urnas esperando que los próximos gobernantes sean salvadores; cuando se vota por un candidato hay que contar con que sus intenciones y propuestas son las que mejor se adecúan a las nuestras, pero que posiblemente no puedan realizarse todas durante su mandato. La maquinaria del Estado es más vieja que el funcionario que llega al cargo. Aunque votamos porque ganen las mejores promesas de campaña, debemos reconocer que quien llega al poder ya no representa exclusivamente los intereses de su electorado, sino los de la nación. Por ello, al votar debemos hacerlo con serenidad y realismo.
De otro lado, es importante advertir que para votar de manera responsable hay que separar el carácter del candidato de su propuesta programática. Ambos importan, pero de maneras distintas. El programa define hacia dónde se quiere ir; el carácter determina cómo se actuará cuando el camino se tuerza, que siempre lo hace.
El segundo filtro es mirar la trayectoria antes que el discurso, y esto no es un ejercicio menor. Las palabras, como bien sabemos, cuestan poco; lo que revela verdaderamente a un partido o a un candidato son sus decisiones bajo presión, sus lealtades cuando el escenario no les era favorable, sus votos en los momentos en que votar bien resultaba costoso. Hay una diferencia profunda entre lo que una fuerza política dice de sí misma y lo que ha hecho cuando nadie le aplaudía. Rastrear esa diferencia es incómodo: exige leer, contrastar, salir de los relatos que cada formación construye sobre su propia grandeza. Pero esa incomodidad es, quizás, uno de los ejercicios más genuinamente democráticos que podemos hacer.
El tercer elemento que solemos olvidar es el lugar desde donde votamos. No es lo mismo votar en una democracia con instituciones sólidas —con parlamentos que deliberan, con jueces independientes, con prensa que investiga— que votar en un sistema donde esas instituciones están en disputa o en franco deterioro. El voto no ocurre en el vacío: ocurre en un entramado institucional que amplifica o amortigua sus consecuencias. Aristóteles recordaba que los asuntos humanos son siempre lo que puede ser de otro modo; las instituciones son precisamente el intento colectivo de que ese “otro modo” no sea siempre el peor ni el más violento.
Un voto nunca es perfecto, y reconocer esto no es resignación sino señal de madurez cívica. Votar es siempre elegir entre opciones imperfectas, entre personas que no nos representan del todo, entre programas que no coinciden exactamente con lo que creemos. El votante que espera al candidato que lo refleje plenamente está esperando una ficción. Lo que sí es posible —y esto importa— es votar con criterio sobre lo que más nos interesa, sobre las puertas que queremos que se abran y, en definitiva, votar para que el espacio donde se juega la política permanezca siempre abierto: a la discusión sin violencia, a la escucha sin revancha, a la posibilidad de que quienes hoy pierden puedan ganar mañana.
Votar bien no exige ser politólogo ni haber leído todos los programas. Exige algo más difícil: honestidad con uno mismo sobre lo que se valora, voluntad de informarse más allá del círculo que ya piensa como nosotros, y disposición a convivir con la incertidumbre sin paralizarse. La democracia, al fin y al cabo, no premia a quien tiene más certezas; premia a quien delibera.





