Por estos días nos hemos conectado de nuevo con la luna. La hemos vuelto a mirar, quizás de otra manera. No diré que hemos vuelto a rodearla porque no me siento digna de utilizar esas expresiones en las que nos incluimos como especie en algo en lo que nunca hemos participado, porque ni me he formado como ingeniera o astronauta ni he construido ni siquiera un pequeño tornillo de lo que hizo parte de esa misión. Pero sí, definitivamente, me he sentido conmovida con este logro de la NASA y todas las entidades relacionadas. Porque es, ante todo, un trabajo en equipo.
Si bien la NASA lidera, también participan las agencias espaciales canadiense, europea y japonesa. Aunque sean solo cuatro los astronautas que tienen el privilegio de ser escogidos para ir y volver, dando la cara, hay miles de personas que han estado involucradas en esa misión.
Conservé un pequeño libro azul que era el segundo tomo de la Biblioteca Juvenil Bruguera que hacía parte de una enciclopedia de varios temas. Este se llama La exploración del espacio y fue escrito por Ian Nicholson y su contenido empieza detallando el movimiento de los planetas y va hasta el capítulo “Los progresos recientes y el futuro próximo”, en una edición de 1980. Ahí se habla escuetamente de la última misión Apolo y de los posteriores lanzamientos de sondas no tripuladas tanto de parte de Estados Unidos como de la Unión Soviética para profundizar el conocimiento no solo de la luna sino también de Marte, Venus y más adelante de las sondas Pionner para explorar el espacio lejano. A toda esta carrera espacial es a la que le debemos tantos descubrimientos como teléfonos móviles, GPS, placas solares, cámara para selfies, liofilización de alimentos, y otras menos trascendentes como las gafas de sol resistentes a los rayones (que protegían a los astronautas de las consecuencias del impacto con el polvo espacial) y la plantilla para los zapatos deportivos. Seguramente era un tema recurrente en las noticias de principios de los ochenta y de las revistas Geomundo que mi papá compraba y de la mano del libro azul, memoricé el nombre de los astronautas que pisaron la luna y los cohetes que los llevaron. Más adelante se quedó en mi mente la imagen clara de la explosión del Challenger. Estaba próxima a cumplir ocho años y en mi cabeza aún se conserva la mirada plena de la profesora que orgullosa, sería la primera en salir de la atmósfera terrestre. Más tarde la bola de humo blanca, la decepción, la consternación. Y luego no recuerdo más misiones espaciales.
Con esta fiebre de cohetes y astronautas me repetí por tercera o cuarta vez la película Apolo 13, y me emocioné como si fuera la primera vez que la veía. Me di cuenta que soy hija de esa generación que fue a la luna. Viendo el lanzamiento del Artemis II, con mi mamá y mis tías, me narraban dónde y cómo habían visto por televisión la llegada del hombre a la luna en 1969. Ahora estaban viendo otra vez al hombre salir hacia el satélite. Unas privilegiadas, les dije.
En esa película se muestra cómo el sueño de pisar la luna se ve desvanecido por un contratiempo y la forma como el comandante de la misión, el primero que fue dos veces a la luna, el astronauta James A Lovell decide, con cabeza fría y muy rápidamente – luego de pasar la tusa, en cuestión de minutos que no podía perder-, que debía enfocarse en cómo volver a la tierra, donde su esposa e hijos lo seguían esperando, porque ahí estaba su lugar. Con mucha creatividad y tenacidad, y con el apoyo del equipo en tierra, operaron al mínimo de energía su nave, al confiar en las leyes de la gravedad y el movimiento descubiertas por Newton en el siglo XVII expresándose jocosamente al decir: “Sir Isaac Newton está ahora al volante”. Así entonces se enfoca en su nueva misión que ya no era caminar en la luna sino volver a la tierra.
Eso nos recuerda cómo la vida muchas veces se nos va en cumplir esos grandes propósitos para los cuales se supone estamos destinados, y finalmente, el más importante de todos es simplemente estar ahí, en la cotidianidad, en el desayuno diario, en preparar la lonchera, en la ducha cuando aún podemos levantar la pierna, en aprovechar la juventud que no dura toda la vida, ni las personas que te acompañan porque llega el día en que esa llamada temprana que desea el feliz cumpleaños no vuelve a llegar. Y esa es la vida, no es ir al otro lado de la luna. Es corregir el rumbo si es necesario. Es ver esa luna que tenemos al frente en tus papás, en tus tíos, en tu esposo, en la matica que sacó la nueva hoja, en el pajarito que se para en la ventana y te saluda con un trino.
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