A sus once años, mientras leía Mujercitas, clásico literario, Piedad Socorro Rivera Gallón descubrió su espíritu musical. A esa edad, a través de las letras, se sintió conectada con el piano.
Atraída por ese ambiente melódico descrito por Louisa May Alcott, autora del texto, le dijo a su padre que quería ser pianista, así como Beth March, una de las niñas protagonistas del libro.
“Al día siguiente él me tomó de la mano y fuimos al único lugar del pueblo con piano, un colegio de monjas. La hermana sor María Montoya le dijo a papá que me enseñaba a tocar por cinco pesos mensuales. Ella fue mi primera profesora”, cuenta.
Para entonces, 1949, vivía con sus padres en el municipio de Andes, Suroeste antioqueño. Su papá, dentista, era amante de la música clásica y apasionado por la ópera y la zarzuela. “Los domingos, en su consultorio, ponía música para sus pacientes. Me cantaba La del Soto del Parral, La donna è mobile y otras melodías”, dice.
Su sueño de interpretar con maestría el piano la llevó hasta un internado en Soacha, Cundinamarca, donde culminó su bachillerato. Para sus grados, 1957, tocó Voces de primavera, de Strauss. “Fue magistral y emocionante”, recuerda.
“Mi obra preferida es Claro de luna, de Beethoven. La toqué cuando abrimos nuestra Casa del piano de Musicreando”.
Dos años después, tenía 19, otra melodía sonó en su corazón, la del amor. Sin pensarlo mucho, a los pocos meses aceptó matrimonio con su novio, Antonio Zuluaga Gómez, sociólogo, quien ha sido su compañero de viaje durante casi siete décadas.
“Tuvimos 12 hijos. Yo me había dedicado al hogar y descuidé la música hasta que un hermano, que vivía en Manizales, me regaló un piano Weser Bros, fabricado en Nueva York en 1879, que conservo en la sala de mi apartamento. A partir de ese momento la alegría regresó a la casa, tocaba todos los días. Los niños estaban felices”, detalla.
Con 32 años ingresó a Sociología en la Universidad San Buenaventura. En 1977 se graduó y se vinculó con Asobancaria. En esa entidad estuvo hasta que se pensionó.
“A mi familia le quedó el amor por la música. Tres hijas y tres nietos tocan el piano. Otras hijas, hijos y nietos tocan violín, guitarra, contrabajo, chelo y batería. Hay dos bailarinas: una hija y una nieta”, agrega.
El dolor también ha sonado en su alma. Ante los suyos tuvo que llenarse de fortaleza para despedir, en diferentes momentos, a dos de sus hijos: Liliana María y Octavio. Solo en esos tristes pasajes de su vida se ha apartado temporalmente del piano. Es una mujer piadosa, creyente y asidua lectora de filósofos y clásicos literarios.
Su próximo reto será una charla que dictará sobre El Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes Saavedra, en su café literario “El molino rojo”, ubicado en la sede de la academia musical de su familia.
Cree en el poder de la fe, la fuerza de las palabras y la magia de las celebraciones. “En mi casa celebremos todo: cumpleaños, aniversarios, logros, grados, San Valentín, Pascua, Día de la Santa Cruz, Reyes Magos, Navidad. Nos gusta festejar con amor, gratitud, música, juegos y alegría“, destaca.
Inspirada por su vocación maternal y docente, junto a sus hijos, creó en 1982 el primer preescolar musical de Medellín, Buhitos. Para 2007, el proyecto pasó a llamarse Academia Musicreando.
Movida por ese legado, en 2016, la familia Zuluaga Rivera dio apertura a su mayor orgullo, la Casa del Piano, ubicada en la vía Las Palmas. En ese recinto resuena el legado de aquella ‘mujercita’ de once años que un día soñó con ser una virtuosa pianista.





