La escritora Ana Cristina Vélez Caicedo está acostumbrada a hacerse preguntas. Ella quiere responderlas y para esto indaga, profundiza, compara, pone en contexto, observa. Se pregunta de nuevo y vuelve a iniciar el proceso. Un paso la lleva a otro y a otro. Abre puertas. Entra a laberintos. Excava. El arte al desnudo, libro que presentó en la pasada Fiesta del Libro y la Cultura en Medellín, refleja el ser de la investigadora rigurosa, atenta a los detalles, a las curiosidades y contradicciones, capaz de expresar asuntos muy complejos de una manera clara y sin excesos. El ser de quien no teme dar su opinión con argumentos bien fundamentados.
Sus intereses son variados, sin embargo, es el arte el que marca su partida. La ciencia, la biología, la neurología, la psicología, la antropología son materias que le permiten dar solidez, sustentación, y eso diferencia su trabajo de otros que tienen también como punto esencial el arte y su historia.
En el prólogo de este volumen, la autora, que hizo una maestría en Historia del Arte, afirma que su anhelo es que “ofrezca a todas las personas no especializadas en el tema una serie de componentes y de reflexiones que hagan más real, más nítido y manejable este ente, que parece un fantasma por lo elusivo y por sus drásticas transformaciones”.
Y lo consigue al llevar al lector paso a paso a través de ocho capítulos bien planteados, que crean gran interés. Se inician con “La biología del arte”, en el que se refiere a las adaptaciones biológicas necesarias para hacer arte y se pregunta si el arte es o no es un instinto. Ella cree que no lo es: “Las adaptaciones mentales muestran especialización modular; o sea, cada pieza o parte del cuerpo desempeña una función específica, y la desempeña de manera eficiente, así que las actividades que llegan a volverse artísticas no son adaptaciones, son readaptaciones de un conjunto de adaptaciones que se utilizan con nuevas finalidades”.

Afirma que “cuando hemos optimizado un objeto o un comportamiento, y al juzgarlo nos damos cuenta de que hemos logrado algo por encima de la norma, surge la categoría arte”.
¿Cuándo es arte?
En el capítulo titulado “El juicio determina cuándo algo es arte”, se refiere, entre otros temas, al espacio en el que se presenta la obra y cómo este influye en la calificación, las obras de arte se aprecian como más importantes si están ubicadas en el contexto especial que la cultura ha creado para ellas (galerías, museos…), por fuera, pierden valor y visibilidad. A esto se suma el prestigio de quienes avalan la obra, curadores, galeristas, críticos y, claro, el poder del comprador o el costo.
No hay valores intrínsecos en lo que se considera arte, dice la autora. Nuestra biología condiciona la forma como la mente juzga y la cultura influye al mismo tiempo en el desarrollo de los juicios. El arte responde al mundo social.
“SI LO PENSAMOS BIEN, Y AMPLIAMOS NUESTRA CULTURA, ES PROBABLE QUE LLEGUEMOS A LA CONCLUSIÓN DE QUE NO HAY TAL COSA COMO BUEN O MAL GUSTO”, dice Ana Cristina Vélez.
Al hablar de los criterios de calidad en las obras artísticas, Ana Cristina se refiere a algunos imprescindibles, entre ellos, alcanzar el óptimo respecto a una meta, ser especial, la excelencia técnica, la complejidad y la improbabilidad, la originalidad y la novedad, la belleza, el orden, el estilo, la escasez y el costo, el significado, la resonancia evocativa, la metáfora, la repleción, la cohesión, la jerarquía y el prestigio, el aval del experto o del poderoso, el tiempo, las contingencias del azar, el éxito. “En el origen de la categoría está el que la pieza o la acción estén por encima de otros objetos de la misma categoría, en los criterios aquí mencionados, y posiblemente en otros que se me escapan”.
Ana Cristina no solo habla de artes plásticas, también se refiere a la música o a la poesía o a la danza. A las matemáticas o a algunas fórmulas físicas que son arte para los científicos; cuenta historias de piezas que un día fueron la expresión de una época y que luego perdieron su visibilidad; de artistas que fueron destacados en revistas especializadas y que al cabo de unas décadas nadie menciona y de cómo obras aparentemente absurdas permanecen exhibidas en los museos sin perder su fuerza.
Uno de los capítulos está dedicado a la cultura y las formas de arte. Se refiere, entre otros asuntos, al arte y sus múltiples y contradictorias definiciones y a su sentido de utilidad; en otro capítulo aborda la belleza, considerando que es uno de los principales atributos que nos hacen pensar que un objeto es artístico: ¿la belleza es una cualidad intrínseca de los objetos o está en el ojo de quien mira?
“DESDE EL PUNTO DE VISTA HUMANO, LOS ANIMALES TAMBIÉN SE PARECEN A NOSOTROS EN SUS COMPORTAMIENTOS ARTÍSTICOS”, dice Ana Cristina Vélez.
A medida que se aborda, el lector toma nota de nombres de historiadores, filósofos, neurólogos, psicólogos, físicos, narradores, poetas, compositores, sinfonías, críticos de arte, artistas, pinturas, esculturas; historias para revisar y constatar; citas célebres, en fin, es un libro que no se agota en la primera lectura, provoca volver sobre él, subrayar, indagar más. El arte al desnudo es como una conversación. Hay en él honestidad y audacia, a veces un poco de humor y de ironía. Queda el convencimiento de que el mundo del arte tiene mucho de fascinación y arbitrariedad y, sobre todo, que está ligado a lo que somos y a lo que nos hace humanos. Un libro para leer con calma y reflexionar; para trascender el hecho artístico con toda nuestra humanidad.
Entre la realidad y la ficción
Ana Cristina estudió Diseño Industrial, y durante dos décadas, o un poco más, se dedicó a la pintura y la escultura. Su Maestría en Historia del Arte en la Universidad de Antioquia, le abrió una ruta que la ha conducido por el camino de la investigación que tiene como inspiración la historia del arte y los movimientos contemporáneos de la plástica.
Ha publicado siete libros, dos de investigación: Homo artisticus. Una perspectiva biológico-evolutiva y Los invisibles de lo visible. La imagen explicada. Tres de sus libros han sido en coautoría. Publicó también las novelas Amor en la nube y Casi de piedra. Tiene un blog en el periódico El Espectador llamado “Catrecillo”.





