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El arte de amar

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Ese amor con más verdad y menos máscara, con más ternura estremecedora y menos porno, con más entrega y menos exigencia, es el único que nos reconcilia con la vida
/ Juan Sebastián Restrepo
Hace poquito recuperé al sabio Erich Fromm gracias a un amigo. Leí El Arte de Amar, su obra maestra. En ella este sabio se pregunta acerca del amor.

Y lo primero que señala es la actitud que la mayoría de nosotros tenemos ante el amor. Una que lo asume como una “sensación placentera, cuya experiencia es una cuestión de azar, algo con lo que unoa «tropieza» si tiene suerte”. Semejante torpeza se la debemos en parte a nuestra alma mediocre, y en parte a Walt Disney, Corín Tellado, el mal gusto de las novelas de medio día, y la falta de creatividad de los galanes musicales, que solo saben componer en el código binario del enamoramiento y el despecho.

El problema, diría Fromm, es que “casi nadie piensa que hay algo que aprender acerca del amor”. ¿Pero en qué se sustenta esa actitud asesina del verdadero amor? En una serie de malentendidos bastante arraigados.

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El primero de ellos se basa en creer que el problema fundamental consiste en ser amado, y no en amar. Uno cree que un día lo van a amar a uno, como uno se lo “merece” y que ahí va a quedar llenito y rebosante. Pero no, que a uno lo amen es lo de menos. Lo único que llena el alma es amar hasta que duela. Y este malentendido nos lleva toda una serie cosas que hacemos para que nos amen: perseguir el éxito, conducir carros grandes, quitar el silenciador de los mofles, demostrar el poder, cultivar el sex appeal, descaderarse en una selfie, tinturarse el pelo de rojo a los cuarenta, ponerse pedazos de materia inerte dentro de la piel y paralizarse con veneno de serpiente, entre muchas otras.

El segundo de ellos es que creemos que el amor es un objeto y no una facultad. Creemos que amar es sencillo y lo difícil es encontrar un objeto apropiado para amar. Y esta idea poblada de esperanza en la chiripa, fe en las gangas efectivas, los príncipes azules, las vírgenes inmaculadas, las medias naranjas y las almas gemelas, no hace más que estimular nuestra impotencia para amar. Pero no puede ser de otra forma en una cultura cuya profundidad máxima radica en el deseo de comprar. Fromm lo dice mejor: “La felicidad del hombre moderno consiste en la excitación de contemplar las vidrieras de los negocios”. Y así buscamos al amor, como si fuera una mercancía: comprable, confortable, perfecta. Y eso es lo que finalmente obtenemos: la sequedad, la superficialidad y el frío de las cosas muertas. Por el contrario, cuando amar es una facultad que implica el máximo reto, ya no buscamos las medias naranjas, ni los privilegios, sino maestros y compañeros de viaje.

El tercero radica en confundir el amor con el enamoramiento. Y es que le damos demasiado crédito a esa estrategia de la naturaleza que por un tiempo limitado nos hace sentir fusionados, delirantes, obsesionados, locos y completos. Pero todos sabemos que tarde o temprano se diluye el milagro, se cae el disfraz del príncipe y sale el sapo, Fiona se convierte en ogro y lo que era excitación se vuelve reclamo. La mayoría parte en busca de nuevas aventuras encantadas. Pero el amor es lo que surge cuando caen los velos y los voladores, y en la sana desilusión, dejamos que se muera esa estatua de piedra idealizada, para que surja una persona de carne y hueso, con sombra, egoísmo y miedo, con la que podamos vivir la grandeza de nuestra simple humanidad. Ese amor con más verdad y menos máscara, con más ternura estremecedora y menos porno, con más entrega y menos exigencia, es el único que nos reconcilia con la vida.

Para Fromm, y por eso lo considero sabio, el amor es un arte. Y como todo arte requiere conocimiento y esfuerzo. He ahí el escollo.
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