Tiene mala prensa el domingo. Sundays blues llaman en inglés a ese síndrome que viene con la tarde dominical: la ansiedad en el cuerpo, el vacío existencial. Como si el cielo gris, cuando no se resuelve a caer en lluvia, fuera más gris; como si la lluvia, si es que cae, mojara más. Pero diga usted que no llueve: entonces el atardecer se siente como una belleza ajena y distante que sólo otros pueden apreciar.
El domingo, declarado día oficial de descanso y de veneración desde el 321 d.C., no está solo. Viene del sábado y desemboca en el lunes. Es una tierra en el medio entre lo personal y lo profesional.
Mi relación con este día ha ido cambiando. De haber vivido esos sunday blues con dolor pasé a necesitarlo para lograr una modesta reconciliación interna. Ahora necesito su marcha ralentizada para tejer aspectos internos que van a velocidades tan distintas en la semana. Uno de estos aspectos está volcado a planear, trabajar, cuidar. Está metido hasta el cuello en el afán. Se la pasa acallando al otro aspecto, ése que quiere pensar y sentir. Por eso, en medio del afán del lunes, del martes, del viernes, me voy llenando de notas sueltas, de pensamientos fugaces que apenas alcanzan el tamaño de una frase como intuiciones mal atendidas y trato de entreverar dominguitos entre los días de la semana.
Pero solo el domingo, propiamente, en una caminada más detenida, ese aspecto reflexivo puede desplegarse. Y yo saco mis dos pies como quien saca a pasear un coche empujado por dos caballos que tiran para lados contrarios con el fin de que logren acompasarse y encontrar un ritmo.
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Paso a paso, la dispersión va cediendo y en la marcha logro ser la cochera que dirige ambos caballos, cuya única meta es, al comienzo, dar el próximo paso para recoger en una sola a esa que en la semana es fragmentada y múltiple. Y la frase, intuida el miércoles en alguna fila de mercado o en medio de una reunión, va tomando otra dimensión. Así, caminando, voy comprendiendo que el domingo es un día en el que la vida se reconcilia consigo misma. Y si lo logro —no siempre— la tarde dominical deja de ser un momento opaco para convertirse en un espacio de sosiego antes de que vuelva otro lunes con sus presiones.
Pero esta vivencia dominical no es un asunto individual. La plenitud de un lugar también se mide por la manera como se vive el domingo. Con esta vara puedo decir que en el municipio de El Retiro esta suerte de magia sucede. Basta ver la cantidad de personas caminando los domingos a primera hora: van hacia el paso del Toro, al cerro de la Cruz o a lo largo del nuevo parque lineal. Van solas, en grupos o en familia. Van, —tal vez sin saberlo—, uniendo como yo pedazos dispersos de la semana y poniendo en evidencia que el domingo sí es el día del sol (como dice su nombre en inglés). Pero se trata de un sol distinto, el que brilla cuando la acción es iluminada por el silencio.
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