Cuando era niña, podía pasar un buen rato acostada sobre Pistacho, mi perro, un labrador dorado, mirando el cielo.
Sentía cómo su respiración levantaba suavemente mi cabeza. A mi alrededor, mis papás podían estar haciendo otras cosas. Aunque sabía que estaban cerca, no miraba para comprobarlo.
A veces les ponía nombres a las nubes. Otras, inventaba historias, juegos de roles o simplemente me quedaba ahí. No tenía que llenar ese minuto a minuto. Lo disfrutaba.
Hace unos días intenté hacer algo parecido. Estaba sola y decidí poner mi celular en modo avión. Fue un reto. Al principio me arrepentí. “¿Qué invento es este?”.
Quise saber qué estaba pasando afuera. Pensé en los mensajes que podían haber llegado, en las redes, en las publicaciones que quizá me estaba perdiendo.
Era extraño. No estaba ocurriendo nada que necesitara de mí y, aun así, sentía la necesidad de saberlo. Como si estar desconectada durante un rato significara quedar por fuera de algo. Incluso pensé en acompañar el silencio con música. Pero me contuve.
Entonces empecé a dibujar. Sin guía. Sin copiar nada. Sin pensar en cómo debía quedar. Solo dibujé lo que me iba surgiendo.
Poco a poco, dejé de sentir la incomodidad. Dejé de pensar en el celular y en lo que estaba pasando afuera. Estaba completamente concentrada en lo que estaba dibujando.
Cuando terminé, miré el dibujo. Me gustó muchísimo. No porque se pareciera a algo que había visto, sino porque había salido de mí. No había seguido una guía ni intentado reproducir algo. Simplemente había aparecido mientras yo estaba ahí.
Y ocurrió algo que, en otro momento, probablemente habría hecho diferente. No le tomé una foto. No lo publiqué. No lo compartí. Por primera vez en mucho tiempo, algo que había hecho no tenía que convertirse en nada.
No tenía que mostrárselo a nadie. No necesitaba guardarlo como recuerdo, convertirlo en una publicación ni siquiera volver a mirarlo. Sigue ahí, en mi cuaderno de dibujo. Lo curioso es que los días pasan y ni siquiera lo miro.
Sin embargo, cuando pienso en él, recuerdo algo que no está dibujado ahí: mientras estaba en ese espacio, el mundo seguía. Llegaban mensajes. Las personas publicaban cosas. Las conversaciones en grupos de WhatsApp continuaban. Pasaban noticias. La vida seguía ocurriendo sin mí. Y no pasó nada.
No tuve que estar ahí para que el mundo siguiera su rumbo. ¡Qué alivio!
Quizás nos hemos acostumbrado tanto a estar pendientes de lo que ocurre afuera que olvidamos que también podemos simplemente estar donde estamos. Pendientes de quién escribió. De qué pasó. De qué publicaron. De qué nos estamos perdiendo. Como si no mirar por un momento significara desaparecer. Pero el mundo siguió mientras yo dibujaba.
El dibujo sigue guardado en mi cuaderno. No necesito verlo todos los días. Ni saber si todavía está ahí. Está. Como yo. Ahí. Y el mundo sigue.




