Cuando escuchamos el término “altas capacidades“, es muy probable que nuestra mente viaje directamente a los estereotipos que nos ha vendido el cine o la televisión. Solemos imaginarnos a un niño de ocho años que resuelve ecuaciones o le salen letreros de Einstein por las orejas, que habla de física cuántica o que se comporta con la seriedad y el vocabulario de un adulto de cincuenta años.
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Ese es, quizás, uno de los mitos más grandes y dañinos sobre la inteligencia. Tener altas capacidades no significa ser una enciclopedia andante. En la vida real, se trata de personas que procesan la información con mayor profundidad, que conectan ideas de forma inusual y que suelen tener una gran curiosidad. Sin embargo, siguen siendo niños, jóvenes o adultos con sus propios retos emocionales y humanos.
La situación se vuelve mucho más interesante —y compleja— cuando esa mente aguda no viene sola.
¿Qué pasa cuando una persona con esta capacidad de razonamiento profundo al mismo tiempo pierde sus cuadernos todos los días, no logra concentrarse en una clase o se siente físicamente abrumada en una reunión social?
A esto la ciencia lo llama doble excepcionalidad (o 2e).
La doble excepcionalidad ocurre cuando las altas capacidades conviven con alguna otra condición del neurodesarrollo, como el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), el autismo (TEA) o alguna dificultad específica de aprendizaje.
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El enmascaramiento: el mayor costo
El reto más grande para entender a estas personas es que sus características no se suman de forma ordenada. Chocan entre sí, creando un fenómeno que los especialistas llaman “enmascaramiento” (o masking).
Imagíneselo así: su gran inteligencia a menudo les ayuda a buscar atajos para compensar y ocultar sus dificultades (por lo que nadie nota que necesitan ayuda). Pero, por otro lado, sus dificultades de atención o de interacción social actúan como una barrera que les impide demostrar todo su potencial (por lo que nadie nota sus altas capacidades). El resultado es un empate técnico donde ambos rasgos se invisibilizan, y el diagnóstico correcto puede tardar años en llegar.
El mito de que la inteligencia lo compensa todo (y lo que realmente dice la ciencia)
Existe una creencia muy arraigada de que, si alguien es muy inteligente, seguramente encontrará la manera de superar su falta de atención o su impulsividad. Al fin y al cabo, “la inteligencia lo arregla todo”, ¿verdad?
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La evidencia científica nos demuestra que esto es completamente falso. Para entenderlo, podemos mirar un metanálisis muy riguroso publicado en 2022 por los investigadores Atmaca y Baloglu. Un metanálisis es, básicamente, un estudio de estudios; los investigadores agrupan datos de miles de personas a nivel global para llegar a conclusiones sólidas.
Al evaluar las pruebas cognitivas de personas con altas capacidades y TDAH, descubrieron algo fascinante: estos individuos presentan una caída muy específica y estadísticamente significativa en algo llamado “velocidad de procesamiento”.
Para explicarlo de manera sencilla, no es que les cueste entender las cosas. Tienen una capacidad analítica enorme para resolver problemas complejos, pero su cerebro procesa la información rutinaria y ejecuta tareas secuenciales a un ritmo mucho más lento. Por eso, cuando un estudiante brillante tarda una eternidad en organizar su mochila o en terminar un examen escrito, no lo hace por pereza ni por rebeldía. Su cerebro simplemente opera a otra velocidad en esas áreas, lo que les genera un agotamiento real y mucha frustración.
El costo invisible en la salud mental
Esa frustración constante tiene un precio. En el año 2024, la revista científica MDPI publicó una revisión sistemática enfocada en la salud mental de los estudiantes donde convergen las altas capacidades y el TDAH.
Los investigadores confirmaron que el enmascaramiento retrasa las intervenciones clínicas tempranas y actúa como un factor de riesgo enorme. Como su comportamiento inquieto se confunde muchas veces con simple aburrimiento, o su inteligencia esconde sus verdaderas carencias de atención, estas personas crecen sin herramientas.
Empiezan a interiorizar el fracaso y a sentir que algo está “roto” en ellos. Al final, desarrollan una profunda desconexión: no sienten que encajen con sus compañeros regulares, pero tampoco se identifican con el estereotipo del “alumno superdotado y perfecto”.
La dolorosa paradoja del espectro autista
Cuando las altas capacidades se cruzan con el Trastorno del Espectro Autista (lo que los especialistas denominan perfil 2e-TEA), ocurre algo que rompe con todo lo que dictaría el sentido común.
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Otra investigación clave de 2024, también publicada en MDPI, analizó qué tipo de ayudas realmente funcionan en este grupo. Podríamos pensar que tener una inteligencia superior le ayudaría a una persona autista a navegar mejor el mundo social. Sin embargo, los datos arrojaron un hallazgo contra-intuitivo y doloroso:
A mayor nivel intelectual, estas personas sufren de mayores niveles de ansiedad clínica, aislamiento y angustia emocional.
¿Por qué duele más? Porque esa misma inteligencia les otorga una conciencia sumamente aguda de sí mismos y de su entorno. Entienden a la perfección lo que la sociedad espera de ellos en una conversación, y son plenamente conscientes de que sus cerebros procesan los ruidos, las luces o las señales sociales de forma diferente. Saben que les cuesta, y esa consciencia constante hace que el esfuerzo por encajar sea emocionalmente agotador.
Una nueva forma de mirar
Hablar de doble excepcionalidad es, en el fondo, una invitación a derribar nuestros prejuicios. Tenemos que dejar de buscar al “genio de película” que lo sabe todo y empezar a observar a las personas reales que tenemos en frente.
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Si conoces a alguien capaz de reflexionar sobre temas profundos y complejos, pero que se desborda ante un cambio de planes o que tiene un escritorio caótico, detente un segundo antes de emitir un juicio. No es falta de voluntad, ni un problema de actitud. Es muy probable que estén librando una batalla invisible intentando equilibrar una mente que vuela alto con un sistema neurológico que les exige un esfuerzo extra para las cosas cotidianas.
La ciencia ya nos dio la respuesta sobre cómo acompañarlos: validando sus luchas, olvidándonos de arreglar sus defectos y dándoles el espacio para que sus talentos reales sean los que los conecten con el mundo.




