Hace unos días me encontré con un titular que se conecta con un programa que vengo acompañando hace un año y medio: “Medellín no ha registrado muertes por desnutrición aguda en niños y niñas menores de cinco años”. Un artículo reciente contaba cómo, además, la proporción de desnutrición aguda ha disminuido en la ciudad. Al leer esto, como neuropsicóloga infantil, no pensé solo en cifras. Pensé en cerebros, en futuros y en la posibilidad real de que una generación crezca con menos huellas del hambre.
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En este mismo espacio de Opinión en Vivir en El Poblado, hace unos meses, les hablé de María y Bruno. Lee aquí.
Era la historia de una familia atrapada en un círculo que se repite: pobreza, mala alimentación, enfermedades frecuentes, dificultades de aprendizaje, trabajos precarios… y, de nuevo, pobreza. Conté cómo, cuando llega la desnutrición, no llega sola: viene con más ausencias al colegio, más infecciones, más irritabilidad, más cansancio, menos juego. Viene con un cerebro que hace lo que puede, pero con menos recursos de los que necesita.
Por eso, cuando leí que en Medellín hoy podemos decir “ningún niño se ha muerto por desnutrición aguda en los últimos dos años”, sentí que esa frase también era sobre María y Bruno. Sobre sus hijos. Sobre los hijos de tantas familias que no conocemos por nombre, pero que habitan esta ciudad.
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Cuando hablamos de desnutrición aguda nos referimos a un estado de bajo peso para la talla que aparece en semanas o meses y que aumenta de manera dramática el riesgo de muerte. Es la forma de desnutrición que más asusta a los pediatras y a los equipos de salud porque es la que no da espera. La desnutrición crónica, en cambio, es la que se cocina a fuego lento: años de mala alimentación, infecciones repetidas, poca estimulación y condiciones muy difíciles en el entorno. Esta no suele matar de forma inmediata, pero deja huellas profundas en el crecimiento, en el aprendizaje y en las oportunidades.
En los primeros años de vida, el cerebro está en una especie de “obra en construcción” permanente. Se forman millones de conexiones nuevas, se fortalecen las rutas que van a sostener el lenguaje, la atención, la regulación emocional y las funciones ejecutivas, esas que nos permiten planear, esperar, cambiar de estrategia. La literatura en neurociencias y pediatría lleva décadas mostrando que la desnutrición temprana afecta estos procesos: se altera la formación de sinapsis, se dificulta la mielinización (esa capa que recubre las neuronas y permite que la información viaje rápido), y se incrementa la vulnerabilidad a problemas de aprendizaje y de salud mental más adelante.
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La buena noticia es que, cuando la desnutrición se detecta a tiempo y se interviene bien, no todo está perdido. No es un daño “sellado para siempre”. Programas integrales, que combinan alimento terapéutico, seguimiento riguroso y apoyo psicosocial a las familias, han demostrado mejorar no solo la supervivencia, sino también el desarrollo posterior de los niños y niñas. Y eso es justamente lo que hay detrás de ese titular que me detuvo el scroll: una ciudad que está llegando antes, que está encontrando a los niños y niñas con riesgo de desnutrición y que está actuando antes de que sea demasiado tarde.
En el caso de Medellín, esto no ocurre por azar. Tiene que ver con la decisión de convertir la nutrición infantil en prioridad. Estrategias como Nutrir para Sanar, Sanar para Crecer dentro de Buen Comienzo han acompañado a miles de niñas y niños con diagnóstico o riesgo de desnutrición, así como a mujeres gestantes y lactantes con bajo peso. Detrás de cada cifra hay visitas domiciliarias, balanzas, tallímetros, historias clínicas, pero también conversaciones sobre cómo se cocina en casa, cuántas comidas se pueden hacer al día, loncheras con más fuerza, y el estado haciendo su trabajo, y empezando por la base y lo más importante.
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Desde la neuropsicología, me interesa subrayar que no se trata solo de “ganar peso”. Se trata de proteger el potencial de ese niño o esa niña para aprender, para regularse emocionalmente, para relacionarse con otros, para construir un proyecto de vida. Cuando un programa logra que un bebé salga de la desnutrición aguda, lo que está haciendo, en términos muy concretos, es darle al cerebro mejores condiciones para terminar de organizarse.
Al mismo tiempo, las alertas no desaparecen. Aunque no haya muertes por desnutrición aguda, sigue habiendo bebés que nacen con bajo peso, madres que hacen malabares para alimentar a toda la familia, hogares donde el estrés, la depresión y la violencia conviven con la escasez de comida. La evidencia es clara en que el bajo peso al nacer aumenta el riesgo de problemas de atención, dificultades de aprendizaje y trastornos emocionales en la infancia. No basta con que los niños no se mueran; necesitamos que vivan bien, que se desarrollen, que puedan aprovechar el colegio, el juego, las relaciones.
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A veces leemos estas noticias como si ocurrieran “en otra Medellín”, lejos de nuestras unidades residenciales, de los cafés donde trabajamos o estudiamos, de los supermercados donde hacemos mercado.
Si lo miramos de frente, tenemos mucho que ver:
- Lo que apoyamos con nuestro voto y nuestra voz. Programas como Buen Comienzo, Nutrir para Sanar, Medellín Cero Hambre o las estrategias de seguimiento al bajo peso al nacer dependen de decisiones políticas y presupuestales. Cuando damos por hecho que “eso siempre va a estar”, corremos el riesgo de perderlo. Cuando preguntamos, defendemos y exigimos mantener y fortalecer esas apuestas, también estamos cuidando el cerebro de los niños de la ciudad.
- La manera como hablamos de pobreza y de hambre. No es cierto que la desnutrición infantil se deba solo a “que los papás no se organizan”. La nutrición de un niño está atravesada por el ingreso económico, el acceso a servicios básicos, la salud mental de los cuidadores, la violencia del entorno y la disponibilidad de alimentos saludables. Cuando reducimos todo a “falta de voluntad”, no solo somos injustos: perdemos de vista las soluciones reales.
- Lo que hacemos desde nuestras empresas, profesiones y familias. Muchas empresas, fundaciones y colectivos pueden ser aliadas claves para sostener estos avances: apoyando talento humano, logística, espacios para gestantes, programas de educación nutricional o redes de cuidado comunitario. Y en casa, podemos hablar con nuestros hijos y hijas de este tema de manera sencilla: no desde el miedo, sino desde la idea de que vivir en una ciudad implica una responsabilidad compartida frente al hambre de los más pequeños.
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Cuando escribí sobre María y Bruno, quise mostrar cómo la desnutrición no es solo un indicador en un informe: es una historia que se cuela en el cuerpo, en el cerebro y en la biografía de una familia. Hoy, al leer que Medellín lleva dos años sin muertes por desnutrición aguda infantil, siento que esa historia tiene un capítulo nuevo. Uno donde la ciudad decidió mirar de frente el problema, apoyarse en la evidencia científica y construir programas que funcionan, desde las decisiones macro hasta la conversación uno a uno en la sala de una casa.
El reto ahora es que esto no sea un paréntesis afortunado, sino una nueva forma de ser ciudad. Sostener los resultados en el tiempo, reducir no solo la desnutrición aguda sino también la crónica, disminuir el bajo peso al nacer y garantizar que los niños que hoy se salvaron del hambre tengan condiciones para aprender, jugar y crecer.
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Ojalá, dentro de algunos años, cuando volvamos a hablar de María y Bruno en estas páginas, podamos decir que sus hijos no solo sobrevivieron, sino que crecieron en una Medellín donde la desnutrición infantil dejó de ser noticia y se convirtió en algo que la ciudad no se permite volver a normalizar.
- PSD: En este texto, se usó IA para mejorar el lenguaje.





