*Elaborado con herramientas de IA
A Tomás lo trajeron con 9 años a Growth. Sus papás llegaron con una mezcla de orgullo y agotamiento: “Aprende todo rapidísimo, pregunta cosas que no sabemos ni cómo responder… pero se derrumba por cualquier error”. En el colegio el comentario era parecido: “Tiene un potencial enorme”, seguido de “no lo muestra cuando más debería”. El patrón era claro: si la tarea le salía perfecta, se lucía; si algo le costaba, lo evitaba, se irritaba o se bloqueaba. Y, como pasa en muchos niños, el cuerpo también hablaba: dolor de estómago antes de evaluaciones, tensión, llanto.
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Con altas capacidades intelectuales, la primera confusión suele ser esta: asumir que un niño que razona como mayor también se regula como mayor. Pero el neurodesarrollo rara vez es parejo. Es frecuente ver lo que en la literatura se describe como desarrollo asincrónico: habilidades cognitivas muy avanzadas (razonamiento, lenguaje, memoria, velocidad de aprendizaje) conviviendo con una regulación emocional y unas funciones ejecutivas (planificación, flexibilidad mental, tolerancia a la frustración, sostenimiento del esfuerzo) acordes con la edad, o incluso con puntos vulnerables.
La Academia Americana de Pediatría ha insistido en que “ser dotado” no equivale a estar protegido del malestar; al contrario, puede venir con necesidades específicas en lo socioemocional y en el ajuste escolar. La National Association for Gifted Children también describe esta asincronía como una clave para entender por qué algunos niños “parecen grandes” en una conversación, pero reaccionan como niños —porque lo son— cuando algo los sobrepasa.
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Lo que más afecta el bienestar, entonces, no es la alta capacidad en sí. Suele ser el desajuste entre el perfil del niño y las demandas del entorno. En la vida cotidiana esto se ve en tres escenas típicas. La primera: expectativas infladas y poco precisas. “Como es tan inteligente, debería poder sin quejarse”. La segunda: correcciones centradas solo en resultado (“saque la mejor nota”, “no se equivoca”, “siempre puede más”), que sin querer convierten el error en amenaza. La tercera: la trampa del perfeccionismo.
En niños con alta capacidad, el perfeccionismo puede presentarse como estándares imposibles, miedo a fallar, y una autocrítica intensa que termina en evitación: no intento lo que no puedo dominar. Desde afuera eso se interpreta como pereza o terquedad; desde adentro suele sentirse como ansiedad, vergüenza y una necesidad urgente de protegerse.
En Tomás, el giro empezó cuando su familia cambió una pregunta: en lugar de “¿por qué no rinde si es tan capaz?”, pasaron a “¿qué se activa en él cuando algo no sale perfecto?”. Esa pregunta es más útil porque conecta con neurociencia básica: cuando el cerebro interpreta amenaza (al error, a la evaluación, a decepcionar), aumenta la activación del sistema de estrés. En ese estado, el acceso a funciones ejecutivas finas se vuelve más difícil: pensar con claridad, planear, sostener la tarea y tolerar la frustración cuesta más.
No es que el niño “decida portarse mal”; es que su sistema está saturado. Y si esto se repite, se instala un aprendizaje peligroso: “mi valor depende de hacerlo perfecto”. La evidencia en psicología del desarrollo y educación muestra que este tipo de presión sostenida se asocia a más ansiedad por desempeño y menos disfrute del aprendizaje, incluso cuando hay talento.
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¿Qué ayudó, en la práctica? Lo que funcionó fue calibrar, no “bajar la vara”. Primero, se cambió el foco del resultado al proceso: se empezó a reforzar el esfuerzo, la estrategia, la persistencia y el pedir ayuda, no solo la nota o la rapidez. Segundo, se volvió el error seguro: se normalizó como parte del aprendizaje y se entrenó una respuesta concreta ante la frustración (pausa breve, respiración lenta, dividir la tarea, volver a intentar). Tercero, se ajustó el colegio al perfil real: menos repetición mecánica cuando ya domina un tema (compactación) y más profundidad o reto conceptual, con opciones de mostrar lo que sabe de distintas maneras. La AAP y organizaciones académicas en educación han señalado que muchos niños con alta capacidad necesitan precisamente eso: ritmo adecuado y profundidad, no simplemente más cantidad. Finalmente, se trabajó con el niño habilidades invisibles pero decisivas: funciones ejecutivas. Planificación simple (“qué va primero, qué sigue”), metas cortas, y tolerancia gradual a tareas difíciles, como se hace con cualquier aprendizaje que requiere entrenamiento.
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Hay un punto que vale la pena decir en voz alta porque cambia la conversación en muchas familias: altas capacidades no es un destino, es un perfil. Puede ser una fortaleza enorme, sí, pero el bienestar depende de cómo el entorno interpreta y acompaña ese perfil. En colegios exigentes y familias bien educadas, es fácil caer en la idea de “aprovechar el potencial” como si el niño fuera un proyecto.
La invitación es otra:
Cuidar el desarrollo completo. Un niño puede tener una mente que corre, pero sigue necesitando lo mismo que cualquier niño para estar bien: seguridad emocional, margen para equivocarse, límites claros, vínculo cálido y adultos que entiendan que a regularse también se aprende.
Si en casa se repite el mismo guion —llanto intenso ante tareas, evitación persistente, somatización frecuente, miedo excesivo a equivocarse o frases de desvalor (“si no soy el mejor, no sirvo”)— no es un tema de “carácter”. Es una señal para intervenir temprano y con criterio: con neuropsicología y conocimientos basados en evidencia científica sólida en altas capacidades intelectuales, pueden ayudar a distinguir qué parte es ajuste escolar, qué parte es ansiedad, qué parte es perfeccionismo rígido, y si hay comorbilidades como TDAH, dislexia o autismo (lo que se conoce como doble excepcionalidad), que a veces se camuflan detrás del talento.
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Tomás no dejó de ser brillante. Lo que cambió fue el costo emocional de serlo. Y esa es, al final, la pregunta importante:
No cuánto rinde un niño, sino cuánto le cuesta.
Referencias sugeridas (para quien quiera profundizar):
- Academia Americana de Pediatría (Pediatrics in Review, “The Gifted Child”); American Psychological Association (recursos sobre necesidades socioemocionales en estudiantes con alta capacidad); National Association for Gifted Children (material sobre desarrollo asincrónico y ajuste educativo).





