El hambre no es solo un problema de pobreza; es también un problema de salud pública que compromete el futuro de un país.
Los datos revelados por Abaco, la Asociación de Bancos de Alimentos de Colombia, que articula una red nacional de 26 bancos de alimentos para recuperar, gestionar y entregar alimentos, me dejan una reflexión profundamente inquietante.
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El nuevo estudio de Huella Demográfica de ABbaco y el estudio sectorial sobre desnutrición crónica de la Contraloría General de la República ponen sobre la mesa una realidad que no podemos seguir ignorando:
La desnutrición crónica no es un problema del pasado ni un asunto exclusivamente médico. Es una condición que limita el desarrollo del capital humano y frena el crecimiento económico del país. Su impacto trasciende la infancia y deja una huella que puede acompañar a las personas durante toda su vida.
La desnutrición crónica: mucho más que una cuestión de estatura
Cuando hablamos de desnutrición crónica, nos referimos a un diagnóstico nutricional que se evalúa, entre otros criterios, mediante la relación entre la talla y la edad del niño o la niña, de acuerdo con los estándares de crecimiento infantil.
Sin embargo, con el paso de los años hemos comprendido que esta condición va mucho más allá de que un niño o una niña no alcance la estatura esperada para su edad porque durante su infancia no recibió una alimentación adecuada.
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La desnutrición crónica es el resultado de una privación nutricional prolongada y de la interacción de múltiples factores que pueden comprometer el desarrollo físico, inmunológico y neurocognitivo durante la infancia. Entre ellos se encuentran las condiciones nutricionales, sanitarias, ambientales, sociales y económicas, así como el acceso al cuidado y a los servicios de salud.
Dicho de otra manera, no se trata únicamente de un niño que creció menos de lo esperado, sino de un niño cuyo potencial de desarrollo puede verse seriamente comprometido.
Este es un asunto médico y científico de enorme importancia. Sin embargo, es posible que, si usted no trabaja en el sector de la salud, todavía se pregunte por qué debería interesarle.
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Ahora bien, si usted es empresario, líder de una organización o participa en la toma de decisiones económicas, este dato seguramente llamará aún más su atención.
¿Qué tiene que ver la desnutrición crónica con la economía de un país como Colombia?
Mucho más de lo que imaginamos. El estudio de Huella Demográfica de Abaco revela que el 15,9 % de la población colombiana pertenece a generaciones expuestas a la desnutrición crónica durante su primera infancia. Esto representa una cifra estimada de 5,2 millones de personas que llevan consigo la huella de esta condición.
Quienes padecieron desnutrición crónica pueden enfrentar consecuencias a largo plazo, como pérdidas de hasta 14,6 puntos de coeficiente intelectual, hasta cinco años menos de escolaridad y una reducción significativa de sus ingresos durante la adultez.
El impacto también se refleja en la economía nacional. Según las cifras presentadas, las empresas en Colombia dejan de vender 4.200 millones de dólares al año, mientras que la fuerza laboral deja de recibir dos billones de pesos mensuales.
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Estas cifras nos obligan a mirar la desnutrición crónica desde una perspectiva diferente:
No solo como una tragedia que afecta a la niñez, sino también como un obstáculo para la productividad, la competitividad empresarial y el desarrollo económico de Colombia.
A esta realidad se suma una advertencia de la Contraloría General de la República: el país no dispone de una política pública específicamente orientada a prevenir, monitorear y reducir la desnutrición crónica.
¿Qué estamos haciendo para cambiar esta realidad?
Si entendemos que la desnutrición crónica es un problema de salud pública que afecta no solo el bienestar y el desarrollo de nuestros niños y niñas, sino también el futuro productivo y económico del país, resulta evidente que necesitamos respuestas más integrales.
No basta con intervenir cuando el daño ya está hecho. Es necesario fortalecer la prevención desde la primera infancia, garantizar el acceso a una alimentación adecuada, mejorar las condiciones de salud y saneamiento, acompañar a las familias y abordar los factores sociales y económicos que perpetúan esta problemática.
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Colombia necesita políticas públicas que comprendan la naturaleza multifactorial de la desnutrición crónica y que articulen al Estado, al sector privado, a las organizaciones sociales y a la ciudadanía en torno a un objetivo común: garantizar que ningún niño o niña vea limitado su potencial de desarrollo por condiciones que podemos prevenir.
Combatir la desnutrición crónica no es únicamente una responsabilidad social. Es una inversión en capital humano, productividad, equidad y crecimiento económico.
Por eso, esta conversación también debe llegar a las empresas, a los líderes y a quienes toman decisiones. La nutrición infantil no puede seguir considerándose un asunto ajeno a la economía: es una de las bases sobre las que se construye el futuro de nuestra sociedad.
Y entonces, la pregunta que debemos hacernos es:
¿Qué estamos haciendo nosotros, desde nuestro lugar en la sociedad, para que este panorama cambie en Colombia?




